miércoles, 6 de mayo de 2020

La noche parecía querer esfumarse de la misma forma que lo hacían las chispas de la gran hoguera que cumplía su función céntrica en mitad de la celebración. El cielo, al que los dioses habían decidido colmar de estrellas durante la velada, invitaba a que la fiesta jamás terminase. Los berserker bebían, comían, cantaban y celebraran sin ningún tipo de descanso. El olor a hidromiel inundó el ambiente, y el componente de éste, consiguió que ninguno de los presentes sintiese ningún tipo de frío a pesar de la helada. El calor los acompañaba a todos, sin distinción de edad o sexo. Y quizá por ello, sin querer, quienes ahora se habían convertido en marido y mujer compartieron una mirada cómplice y más larga de lo que hasta entonces habían conseguido mantener. Magnus se levantó de su asiento, y al hacerlo, captó la atención de todos. Los hombres de la aldea comenzaron a gritar y animar, con sonidos parecidos a los aullidos, mientras que las mujeres se limitaron a alzar las manos en señal de aprobación. Seren imitó al hombre, incluso cuando comenzó a caminar sujetando su mano en dirección al hogar que ahora ambos compartían. Los berserker les siguieron, y hasta que Magnus no cerró las puertas del hogar, éstos no comenzaron a regresar a los orígenes del festejo. —No te preocupes por ellos, ya se van — pronunció en un hilo de voz, como si quisiera tranquilizar a la chica. Lo que él no sabía, es que ella no estaba tan dispersa y ausente por los rituales que acababa de presenciar.

En el interior de la vivienda, el fuego que había sobre el pilar central ya estaba encendido. Magnus colocó la espada nueva, obsequio de su mujer, junto al mismo pilar. Ahora el hogar estaba protegido, y con él, su matrimonio. 
Cuando el hombre se dio la vuelta, Seren tuvo que reparar unos segundos para observarle. Ya le había visto antes. Su cuerpo trabajado, sus cicatrices y sus múltiples dibujos sellados a tinta sobre la piel destacaba sobre todo lo demás, más aún en aquel momento en el que todo su cuerpo estaba señalado con huellas de sangre. Pero aquella noche había más que observar, como su mirada seria y a la vez cálida, su gesto tranquilo y decidido, y sobre todo, la imponente presencia que desprendía. Sus formas dibujaron en las paredes sombras casi aterradoras. El fuego a sus espaldas casi le hicieron parecer un animal conforme se acercó a ella, pero... Seren no sintió miedo alguno. 
Cuando le tuvo a su lado no pudo hacer otra cosa que mirarle a los ojos. Él extendió sus manos hasta agarrar las prendas que la vestían, retirándolas de una en una con absoluta calma, que, sin embargo, no impidió que quedase completamente desnuda con prontitud. Sintiéndose observada, acabó acercándose más al hombre, comos si el cuerpo de éste pudiese protegerla de todo lo que estaba empezando a sentir. Esperó cualquier tipo de reacción ante aquel primer contacto, cualquiera que les hubiese conducido rápidamente a yacer en aquella misma posición. Pero Magnus acarició los cabellos de la mujer hasta colocar su mano en la parte trasera de su cuello, obligándola a volver a mirarle. —Tus ojos... son preciosos —murmuró. Y sabían los dioses que Seren hubiese sucumbido ante esas palabras si no fuera porque las voces volvieron a sembrar la confusión en su cabeza. Esas mismas voces susurrantes y pesadas que había estado oyendo varias veces durante la celebración, y que parecía no querer dejarla en paz. 
Cansada de su propia suerte, se puso de puntillas y alcanzó los labios del hombre. Quería alejar aquellos murmullos de la mente y la única solución factible era distraerlas. Jamás había besado a alguien antes, de manera que entrelazar sus labios con los de Magnus le pareció algo complicado. Por suerte, éste no tardó en responder. Rodeándola con sus brazos, intensificó los besos hasta casi conseguir que la chica perdiese el aliento. La condujo con facilidad hacia el camastro tras correr la cortina que lo cubría y tendió su cuerpo sobre las mantas de piel, colocándose él sobre ella. Mientras retiraba sus propias prendas, la mujer volvió a oír aquellas voces. De puro instinto dirigió su mirada hacia la puerta, por si alguien había entrado sin permiso. De no ser por la situación, hubiese gruñido de rabia al comprobar que volvía a estar todo en su cabeza. 
Los besos continuaron incansables incluso minutos después, así como las manos de Magnus se atrevieron a cruzar cada centímetro de la piel de la mujer. El calor fue creciendo poco a poco en el interior de la chica a pesar de todo, más aún cuando sintió las manos del hombre al rededor de sus senos mientras la boca del mismo mordisqueaba sin parar su cuello. Desearía haber jadeado, incluso gemido, pero estaba desconcentrada. Las voces no desaparecían e incluso juraría que se estaban intensificando. Sonaban cada vez más alto y era evidente que sólo ella las estaba oyendo. El graznar de los cuervos llegó a sus oídos incluso cuando era imposible que hubiese alguno en el interior de la casa. Sus patas arañando el techo, sus picos chocando contra la madera... ¿Por qué iban cada vez a más? Magnus comenzó a deleitarse con sus pechos y a abrirse paso entre sus piernas... y no pudo soportarlo más.
Con un giro habilidoso, Seren se colocó sobre el hombre, ocupando ella la posición superior. Para evitar que tuviese unas ideas equivocadas, agarró sus muñecas e intentó sostenerlas sobre las pieles. Él la miró sin comprender, confuso por aquel momento tan cortante que estaba ejerciendo sobre él. —Si quieres hijos yo te los daré —susurró con suavidad. —Pero antes tienes que ayudarme —añadió suplicante. Magnus se tomó unos segundos hasta incorporarse levemente.
—¿Ayudarte? ¿Qué te pasa?
—No lo sé aún —respondió con tanto enigma como preocupación. —Pero no es algo que puedas entender. No es algo que... puedas combatir —intentó explicar. Acabó mordiéndose un labio, incómoda, comprobando como el joven se frotaba la cara con algo de agobio. Las voces, sin lugar a dudas, se habían esfumado. —Magnus, yo no...
—Vamos a dormir —dijo por fin. Apartó a Seren con facilidad de su regazo hasta colocarla a su lado. —Descansa hoy. Mañana hablaremos con más tranquilidad —terminó por decir, haciéndose hueco entre las pieles y preparándose para cumplir con sus propias palabras. La mujer quedó a su espalda, observando su piel marcada y sabiendo que, incluso aunque rogara a los dioses, su vida nunca iba a ser normal.



Magnus pasó una notable parte del día reunido con los ancianos del clan y sus respectivos hijos. Solían reunirse de forma oficial en la casa del jarl Uthor, a modo de juicio, para dar sus vistos buenos o negativas a según qué evento o circunstancia que pudiera suponer un antes y un después al futuro del clan. Ahora que la chica había llegado a Grimrun y habían podido echarle un vistazo a ella y al aura que la rodeaba, se formalizaron los permisos de los ancianos para establecer el enlace esa misma noche y, en la medida de lo posible, sembrar la semilla del futuro en su vientre -Esperamos grandes cosas de ti, Magnus. De entre todas ellas, esperamos hijos e hijas fuertes y salvajes como tu mismo espíritu- dijo Uthor, presidiendo la asamblea, sentado en un sillón decorado con distintas piezas de huesos de distintas razas, incluyendo la humana.
-Es mi honor cumplir con las expectactivas, mi jarl- asintió el joven, solemne.
-Parte con ella, pues. Todo será preparado en breve. Confiabamos en el juicio de Ruf y no ha sido para menos- Uthor miró a Ruf, que estaba presente en la asamblea. Este sonreía con autosuficiencia -Ruf, tú quedate. Tenemos que hablar de ciertos asuntos- Ruf asintió -Ve, Magnus. Nos vemos más tarde. Enhorabuena por tu enlace- concluyó con severidad el jarl mientras Magnus se marchaba de la casa del líder del clan, no sin tener nuevamente la mosca detrás de la oreja ¿Qué eran todos esos "asuntos" que había que tratar? ¿Y desde cuando hablaban con su padre a sus espaldas? Era algo inusitado que le hacía sospechar desde hacía tiempo que algo no marchaba bien.

Al volver a casa, Magnus se encontró con la ausencia de la chica. Allí solo estaba Eini, trasteando con los utensilios de la casa, limpiando y ordenando de forma distraida y con rostro animado -¿Dónde está la mujer?- preguntó Magnus con curiosidad.
-¡Ah!- se sorprendió Eini, que no esperaba la voz de Magnus de forma tan repentina -Ah, eh... Hola, señor. Seren se marchó hace un rato-
-¿A dónde?- Magnus no parecía enfadado, pero su tono de voz era tan duro que el chico casi se echaba a temblar.
-V-vinieron unas señoras... del clan... Decían que tenían que prepararle el vestido-
-Comprendo- asintió el berserker, que procedió a inspeccionar algo que le había llamado la atención desde que entró por la puerta: junto a la cama había un martillo, símbolo y arma de Thor, dios del trueno, en un ritual de fertilidad. Al otro lado, una liebre de tamaño considerable yacía sobre una un plato de madera que recogía su sangre. Magnus sabía que era un sacrificio a Frigga, por un matrimonio estable y fructífero. El berserker se quedó un tanto sosprendido al ver tanto símbolo de prosperidad rodeando su futuro lecho conyugal. No esperaba bajo ningún concepto que la chica estuviera tan entregada a la idea de un matrimonio con él y menos aún a la concesión tan decidida a engendrar descendencia.
-La liebre la ha cazado mi señora- comentó Eini, tímido -Con sus propias flechas. Es buena-
-¿Te he pedido opinión?- Magnus lo miró por encima del hombro.
-D-disculpa. Solo alababa a mi señora- bajó la cabeza el jovencito.
-Está bien- bufó Magnus -Es reconfortante que mi esposa vaya a contar con un esclavo que sepa realzar sus cualidades y la ayude. Pero mide tus palabras a partir de hoy-
-¿Señor...?- Eini no comprendía.
-Se lo dije a ella y ahora te lo digo a ti: no estás en Bjlna. En tu caso concreto, estás muy lejos de tus tierras y ahora ahondas en territorios oscuros que no sabréis manejar si no me hacéis caso. Bajo ningún concepto, jamás, ensalces las cualidades de lucha o caza de algún miembro del clan delante de otro y menos, de una mujer- advirtió con serenidad.
-¿Qué tiene de malo? Mi señora es tan buena como su padre. De hecho, ella tiene una aptitud bastante notable a la hora de apuntar y disparar- Eini se extrañaba ¿A qué venía esa discordancia entre géneros?
-No es malo, pero este clan es competitivo hasta la muerte. Literalmente. Y últimamente están sobrepasando límites. Si se te ocurre cometer la estupidez de brindar gloria a tu ama delante de los hombres de la aldea, se pelearán por superarla. Y si no lo lograran...- gruñó.
-¿Qué? ¿Qué pasaría?- preguntó consternado Eini.
-Dados los últimos meses... el más orgulloso podría optar por cazarla a ella y de esa forma demostrar su superioridad-
-¡Pero eso es de salvajes!- exclamó Eini, atrayendo la tensa mirada de Magnus -Q-quiero decir...-
-Sí, chico. Es de salvajes- afirmó sorprendentemente Magnus. Eini ya casi esperaba que le cortara la cabeza, pero no. Había algo en el berserker que demostraba una enorme inquietud e inseguridad a la hora de hablar de su clan -Así que guarda silencio, limitate a escuchar y protege a tu señora. Yo también lo haré-

 El día pasó más rápido de lo que hubiera parecido. La velocidad con la que las decorativos se fueron preparando, por igual, fue apabuyante. El sol ya se escondía en el horizonte con un fantasmagórico tono anaranjado, tiñendo el cielo del color del fuego, cuando encendieron una gran hoguera en el centro de la plaza central de Grimrun, dando por comenzada la ceremonia. Los habitantes se fueron reuniendo y sentando en diversas sillas y taburetes que habían diseminado en torno a unas mesas que habían ido sacando de sus casas para ofrecerlas como barra para la bebida y los alimentos. Magnus, acompañado por Ruf, salió de su casa ataviado con unos pantalones de tela oscuros, amplios, que provocaba que a cada paso que daban las telas danzaran ligeramente en torno a sus piernas. Nada cubría su tronco salvo una imponente piel de lobo negro. La piel estaba herida, llena de cortes cosidos a posteriori tras la muerte del animal. El conjunto dotaba a Magnus de un aspecto espeluznante y aterrador, salvaje y animal. Este se sentó junto a su padre en una mesa que estaba frente por frente a la hoguera principal. Allí, esperaron la llegada de la mujer, que no tardó en hacer acto de presencia. Acompañada de un par de mujeres del clan, Seren apareció ataviada con unas vestimentas sencillas a la par que destacables. Debido a que no la conocían con anterioridad ni conocían exactamente su tipo de cuerpo no supieron confeccionarle un traje que pudiera estarle perfecto para el enlace, de modo que decidieron improvisar uno con un sencillo uso de retales de telajes blancos que se cruzaban en torno a su pecho y cintura creando una ilusión de vestimenta, con los brazos desnudos. Aquello provocaba que el frío calara hasta los huesos de la joven, pero era intencionado debido a los ritos de matrimonio berserker, aunque ella no lo supiera. De cintura para abajo, empezando desde el vientre, sí lucía una faldón de piel de lobo hasta las rodillas, simbolizando el calor y la protección maternal en las zonas más especiales del cuerpo de una mujer joven y sana a punto de casarse. Sobre su cabeza, sí lucía la característica corona de flores que terminaban por apuntillar en ella un aspecto inocente, puro y hasta espiritual. Magnus se puso en pie para recibirla y Seren pudo comprender la diferencia: ella toda de blanco, él todo de negro, la combinación perfecta para complementarse el uno al otro -Estás preciosa- dijo Magnus con una levísima sonrisa. Seren se sorprendió ante el comentario, sin duda, pero lo recibió de buena gana.
-Venid pues, hijos del hielo y la llama- anunció una voz frente a la hoguera -Acercaos a mí, vosotros que vuestras almas anhelais unir- ambos miraron a la figura y se dirigieron hacia ella, a paso firme y decidido, mientras otros miembros del clan les acercaban hasta ese lugar los diversos objetos que se debían entregar mutuamente y los anillos tallados con runas. Entre los objetos, les aguardaba la chamana del clan. Se trataba de una mujer joven que perfectamente podría haber contraido matrimonio con Magnus en su lugar ¿Cuál sería la razón para no hacerlo? Las dos debían tener la misma edad -Helos aquí, Sköll y Hati- señaló a Magnus y a Seren -Tomad vuestras ofrendas- ordenó la mujer.

[The Frozen Call - Ancient Nordic Chant]

Ambos contrayentes cogieron sus respectivas ofrendas. Magnus empuñó el hacha antigua, reliquia de la familia, engarzando el anillo en una de las pintas de sus filos. Luego, miró a los ojos a Seren, con su rostro bañado por la luz de las llamas, que a su vez empuñaba con esfuerzo un gran espadón que le costaba sostener. Aquello provocó una sonrisa en Magnus, pues le pareció adorable a la par que valiente y decidida. El anillo de Seren destacaba en la punta de la espada -Alzad vuestras hojas- Magnus fue a alzar el hacha, pero fue evidente que Seren combatía contra su propia fuerza para poder alzar el espadón de esa manera, que era tan pesado que requería una fuerza destacable. Magnus, haciendo gala de un comportamiento no muy característico entre los hombres berserker, la ayudó agarrando el filo de la hoja para que pudiera sostenerla con mayor facilidad.
-Te vas a cortar- masculló Seren.
-Ella debe empuñar la ofrenda, Magnus- regañó la chamana.
-En matrimonio, ambos somos la fuerza del otro- replicó Magnus -No la dejaré cargar con el peso a ella sola y ella no me dejará cargar el peso a mí solo- la chamana lo miró largamente en silencio, con los ojos entornados.
-Sea- dijo finalmente, observando como así, si pudieron cruzar las hojas de las armas -Frente al fuego y sobre la nieve, entre el cielo y la tierra y la atenta mirada de todos los dioses que hoy aquí nos acompañan, se unen estas almas con el beneplácito de todos los presentes- recitó la joven chamana -Que os acompañen todos los que os deben acompañar, que os guíen aquellos que de corazón os desean guiar. Que no sea esta unión motivo de ira de los dioses, ni ofensa para cualquier hombre o mujer libre- ambos descruzaron las hojas de las armas.
-Te entrego esta reliquia familiar, este hacha, que era de mi padre, para mi hijo- Magnus depositó suavemente el mango del hacha en una de las manos de Seren -Entrégasela cuando crezca, para que pueda cuidarse y protegerse, cuando yo ya no esté- afirmó con voz calmada y sosegada.
-Yo te entrego esta espada nueva, de hoja brillante para un mañana de igual resplandor. Que sea la fuerza que la empuña la misma que nos lleve a un futuro próspero y marque un nuevo comienzo para una nueva familia- Seren entregó con la misma ceremonia la espada a Magnus, que la sostuvo con gallardía y fuerza.
-Os habéis entregado las reliquias y los anillos. Poneoslos- ambos obedecieron, engarzando sendos anillos en sus respectivos dedos. Seren se lo miró durante un breve instante, distraida y abstraida. Al menos para ella fue un instante.
-¿Todo bien?- la voz de Magnus la sacó de su ensimismamiento. La chica alzó la mirada con nerviosismo.
-S-sí- sonrió.
-Debemos continuar- dijo el hombre quedamente -Nos están esperando-
-¿Q-qué...?- la chica miró a su alredador. Oía voces lejanas pero no provenían de los asistentes a la ceremonia.
-¿De verdad estás bien?- insistió el hombre.
-S-sí- sacudió ella la cabeza -Todo bien. Es la emoción de todo esto- mintió.
-Vamos, pues- le ofreció la mano -No debemos interrumpir el ritual. Aún no hemos terminado y están desesperados- ¿Pero cuánto tiempo se había abstraido mirando el anillo? Para ella solo había sido un segundo...

Magnus acompañó a Seren con unos cuantos pasos hasta alejarse de la llama y la chamana. Ambos dejaron descansar las armas sobre la nieve, para luego Magnus arrodillarse repentinamente sobre su mujer -¿Qué... haces?-
-Desnuda a la bestia- ordenó la chamana con entusiasmo en la voz.
-Quítame la piel de lobo- masculló Magnus.
-¡Libera a la bestia!- vociferó Ruf en vítores a los que se unieron los demás.
-Descubre al hombre bajo la piel del monstruo- insistió la chamana. Seren asintió y echó mano a la capa de lobo negro que llevaba Magnus encima. Al hacerlo, de nuevo oyó aquellos susurros.
-¿Qué?- se preguntó.
-¿Qué ocurre?- quiso saber Magnus.
-Ah, no... no es nada...- lentamente, la mujer comenzó a retirar la piel de lobo negro de Magnus, dejándole completamente desnudo de cintura para arriba. Al hacerlo, los invitados se pusieron en pie y se separaron en dos grupos. Todas las mujeres se pusieron tras Seren y los hombres tras Magnus. La chamana se adelantó hacia el gentío llevando consigo un cuenco lleno de sangre fresca que había extraido de la matanza para la comida de la ceremonia. El cuento quedó depositado entre marido y mujer. Las mujeres mojaban los dedos en la sangre y los hombres, las manos al completo. Todas las mujeres comenzaron a usar sus dedos mojados para dibujar runas y símbolos en los brazos desnudos de Seren, así como pinturas de guerra en su rostro. Los hombres depositaban sus manos ensangrentadas en la espalda, hombros y brazos de Magnus, en un símbolo de apoyo y respaldo. Todo parecía un poco caótico a ojos de Seren, que no dejaba de oír susurros entre las voces de los asistentes. Entre el gentío y el ruído, no escapó a sus ojos la visión de dos cuervos volando sobre su cabeza en círculos. Juraría que los oyó graznar más fuerte que a los propios asistentes que los pintaban con sangre ¿Pero era real...?

[Norse Viking Music - Ulfhednar]

Una vez pintados y bendecidos por la familia que conformaba el clan, las mujeres cubrieron del frío de la noche a Seren con la piel de lobo negro que había quitado a Magnus. Él estaba impregnado de huellas de manos sangrientas mientras que ahora era ella la que parecía un ser poderoso y místico entre runas de sangre y la piel lobuna -¡Perseguid la luna y el sol juntos como Sköll y Hati! ¡Sed los lobos que persiguen su destino hasta el fin de los días! ¡Ragnarok!- vociferó la chamana.
-¡RAGNAROK!- vociferaron todos los presentes. La ceremonia de enlace finalizó y la fiesta estalló. Magnus y Seren se acercaron a los asientos que debían ocupar, en primera linea para el espectáculo. Mientras la carne se asaba y corría la cerveza y el hidromiel, la chamana se estaba desnudando frente al fuego hasta quedar completamente desprovista del menor mínimo paño que la cubriera. Luego, del cuenco de sangre que había ofrecido, se bañó entera arrojándoselo por encima. Su figura y contornos quedaron delineados por una miriada de hilos carmesíes que se conducían hasta la nieve en un espectáculo grotesco. Ella entonces se arrodilló ante Magnus y Seren. La chica no daba crédito a lo que veía, pero las voces tampoco la dejaban concentrarse del todo como para comprenderlo. Magnus, al ver que Seren agitaba la cabeza como si estuviera molesta con algo, procedió a no retrasar más la orden. Alzó la mano con señorío y media decena de hombres que carecían de esposa corrieron a colocarse en torno a la chamana desnuda y arrodillada.
-Que comience el festín. Alimentaos de ella, alimentaos con ella- ordenó. La chamana estalló en carcajadas de éxtasis mientras los hombres se lanzaban como una jauría de lobos hambrientos hacia ella. La tocaban, la apretaban, la acariciaban y abrazaban mientras lamían y mordían la sangre de cada parte del cuerpo de la chamana, desde la más pudenda a la menos llamativa. No dejaron dedos, nariz, labios, pechos, piernas, caderas o nalgas por lamer y morder. Prácticamente la limpiaron entera de sangre entre todos. Cuando acabaron, comenzaron a saltar y a gritar enfervorecidos, prácticamente enloquecidos por el fervor del ritual y el sabor de la sangre. Dos de ellos directamente comenzaron a pelearse entre sí. Se arrojaron al suelo en un molinete de puños, patadas y mordiscos. Seren salió de su ensimismamiento una vez más cuando estalló la rellerta. La chamana se retiró ignorando por completo la pelea que acababa de comenzar. De hecho, pudo fijarse en que nadie parecía hacer nada para detenerlos, ni siquiera Magnus -¿Qué? ¿Ya has despertado?- comentó el hombre con sorna.
-¿Qué está... pasando?- quiso saber la chica.
-Luchan contra sus espíritus. Sus demonios- declaró Magnus mientras daba un mordisco a un pedazo de carne.
-Pero se van a matar si siguen así- comentó Seren preocupada. Acostumbraba a ver peleas, pero no con ese frenetismo y agresividad ¿Eran así los berserker?
-¿Recuerdas lo que te dije sobre los ojos?- preguntó calmado. Ella asintió y él le hizo un gesto con la cabeza para que los mirara. A pesar de ser de noche y de estar algo alejados, había un destello rojizo en los ojos de aquellos hombres, como un rubí que reflejaba un destello del sol. No era constante. Le recordaba a los ojos de algunos animales de noche a la luz de una antorcha -Cualquiera que quiera detenerlos se acabará uniendo a la pelea y tampoco podrá parar. Hoy uno de esos dos hombres morirá-
-¿Por qué?-
-Por el matrimonio-
-¿Por... nuestra culpa?-
-En nuestro honor. Y por el futuro- comentó Magnus no sin cierto descontento por lo que estaba declarando.
-Es... horrible- masculló la chica sin querer ofender a su ahora marido.
-Lo es- afirmó él sin miramientos -Más que horrible, es un sinsentido- empujó un plato con comida hacia la chica -Y ahora come. Olvídate de ellos. Acabarán pronto y todo volverá a la normalidad- y fue como dijo. Uno de los dos murió a base de golpes y nadie le dio la menor importancia. Bañaron al ganador de vítores y gloria, prácticamente lo bañaron en cerveza. El que murió fue arrastrado lejos de la ceremonia. A partir de ahí, todo eran carcajadas, cánticos, alcohol y golpes en la mesa. Todo había parecido un mal sueño que por fin había terminado. Por extraño que pareciese y por monstruoso que resultase, Seren se dio cuenta de que se acabó acostumbrando a esa normalidad que apareció tras la muerte de aquel individuo, dado que nadie lo echaba en falta e ignoraban la pelea que se había sucedido. Se tenía que acostumbrar a su nuevo estilo de vida y sus nuevas costumbres.

martes, 5 de mayo de 2020

Grimrun se dejó ver como una pequeña aldea asentada entre montañas a primera hora de la mañana. Para conseguir llegar pronto, la partida había vuelto a dar comienzo antes de que las estrellas se alejaran del cielo oscuro, de forma que, para cuando cruzaron los límites de la zona, el cansancio empezaba a hacer mella en todos.

Eini, con suma curiosidad, observaba cada detalle desde su posición sobre el carro. Las inseguridades parecían quedar ajenas al potente sentimiento de felicidad cedida por el descubrimiento que sus ojos presenciaban. Su boca entre abierta y sus ojos brillantes hicieron que Seren sintiese ternura al mirarle. Cuando actuaba de aquella forma tan impulsiva, siempre conseguía que le viese como al niño que fue en vez de al hombre en el que se había convertido, pues sabía que aquella faceta aún no se había despegado de él. Y en aquel momento, no era para menos. Grimrun era, ante todo, sombrío. La oscuridad que proporcionaba el cielo encapotado dotaba a la aldea de una imponente sombra que se cernía sobre las pequeñas viviendas cuyas estructuras de madera parecían estar más estropeadas por la humedad que por el propio tiempo. La tierra que pisaban estaba húmeda y parcialmente congelada, lo que hacía que las pisadas del caballo emitiesen un sonido que evocaba una sensación de frío aún mayor de la que Seren ya sentía al ver como los tejados estaban cubiertos por un manto blanquecino. Y los habitantes de Grimrun, los berserker, no añadían el toque de calidez que faltaba. Sus rostros extrañados e incluso dubitativos, con ceños fruncidos y muecas de enfado, hicieron ver a la chica que su nuevo hogar no iba a ser parecido a Bjlna. La sensación de bienvenida era más bien escasa y las ideas de forjar amistades fueron desapareciendo poco a poco. 
—Daría lo que fuera por tener algo sobre lo que dibujar ahora mismo —murmuró Ein, cada vez más ensimismado conforme se adentraban más y más en la aldea. 
—¿Por qué? —quiso saber Seren.
—¿No te has fijado? Mira que belleza —La chica siguió el recorrido del dedo del muchacho en cuanto éste señaló al frente. Había algunos hogares, todos colocados de forma desigual y asimétrica. Pero lo que llamaba la atención del chico no era eso, sino las enormes montañas que se dibujaban al fondo, blancas, brillantes e imponentes. —Apuesto todo lo que tengo a que las noches claras deben ser las más preciosas aquí.
—Tú no tienes nada, Eini— se burló la mujer, sin malicia alguna.
—Si que tengo, pero nada material —esclareció el chico. —Tengo un hogar, una función que desempeñar, alguien a quien ayudar... —enurmeró. —Una vida normal. —Aquellas palabras dejaron a Seren en blanco durante unos segundos. Lo primero que le llamó la atención era como un esclavo podía admitir tales palabras aún sabiendo que su posición le ponía justo por debajo de ella y en contra de su voluntad. Y lo segundo, la capacidad de alabar tener una vida normal. Una vida normal era justo lo que ella también quería. ¿A caso no era aquel el nivel de deseo más básico e imprescindible de cualquier persona, libre o no? Sumida en pensamientos, dirigió su mirada a Magnus, preguntándose si él podría ayudarla a solventar aquella necesidad. 
—Procura no cabrearles —dijo de repente. Fue tan repentino que hablase, que la mujer dio un respingo. Incapaz de mantener una conversación tan delicada a voces, bajó del carro aún cuando éste continuaba en marcha y aceleró su paso hasta colocarse junto al animal que el hombre cabalgaba.
—¿A qué te refieres?
—A ellos —señaló con la vista a los berserker que caminaban de un lado para otro en sus quehaceres diarios. Magnus bajó del caballo y se limitó a andar tirando de las riendas, equilibrando su posición con la de la chica para que hablar fuese más cómodo. —Tratarás con ellos a partir de ahora, por lo que hay algo que debes saber. Cuando converses, siempre correrás el riesgo de enfadarles. Algunos son así, uraños y precipitados. Debes parar fijándote en el color de sus ojos—explicó.
—¿Cambian de color? —preguntó la chica, sumamente extrañada.
—Ya lo entenderás —se limitó a responder él. 
—¿Das por hecho que les enfadaré? Ni si quiera me conoces —sonrió la chica, intentando sonar amable con respecto a la distancia que aún les separaba. Durante unos segundos se miraron, estableciendo por primera vez una situación cómplice entre ambos. Pero no duró demasiado.

El caballo se detuvo frente a una pequeña casa algo apartada de la zona más conglomerada. Junto a ella, había un pequeño establo en el que se dejó al animal, además de algunos enseres para cuidar de animales. Cuando Magnus se adentró en el interior del hogar, la mujer pudo comprobar que no dejaba de ser un hogar decente y suficiente. Junto al pilar central de la casa había una mesa con sillas que parecían recién talladas, además de algunas cajas de almacenaje y baúles. Al fondo, un camastro se ocultaba tras una cortina de una tela fina, y las paredes estaban adornadas con cuernos de animales de diversos tamaños. 
Mientras Seren se limitaba  observar, Eini ya se encargaba de arrastrar el baúl de su dueña hacia el interior de la vivienda, buscando algún lugar adecuado en el que dejarlo. Magnus, mientras tanto, se deshizo del poco equipaje que había llevado consigo, dejándolo sobre una especie de mueble pequeño para almacenar. —¿Vive aquí Ruf? —preguntó la mujer de repente.
—¿Mi padre? No. Vive en una granja a unos minutos de aquí. 
—¿Vivías tú solo? —añadió extrañada.
—No, vivía con él. A partir de hoy viviremos aquí.
—¿La has hecho tú? —Magnus asintió y Seren esbozó una pequeña sonrisa. Ahora entendía por qué las sillas parecían recién talladas. Debía haber estado construyendo el hogar meses, de seguro, desde que el enlace entre ambos fue pactado. La idea de que se implicase en la unión de ambos consiguió que la chica se relajase y emitiese un leve suspiro de alivio. 
—¿Donde dormía el esclavo antes? —preguntó con seriedad. —¿En las cuadras?
—No, dormía en la casa —admitió con cierto recelo. Sabía que algunos amos trataban mal a sus esclavos, y ella no quería que ningún tipo de castigo fuese impuesto en Eini sin motivo alguno. 
—Bueno, es tu casa. Tú decides —terminó por decir el hombre, caminando de nuevo hacia la entrada. La idea de quedarse sola tan pronto le generó cierta intranquilidad, de forma que no pudo evitar detenerle.
—¿Ya te vas?
—¿No necesitas prepararte? —preguntó con el ceño fruncido, justo antes de agarrar la puerta. A Seren le costó unos segundos entender a qué se refería, hasta que su mente dio con lo único a lo que podía estar refiriéndose.
—¿Será hoy? —preguntó con voz cansada. Tras tantos días de viaje, sentía las piernas entumecidas y un baño era lo que más le apetecía, pero no uno helado tal y como había asegurado Ruf que sería. 
—Ésta noche —confirmó. —Tú... haz lo que necesites —sugirió algo incómodo. —Nos vemos luego—dijo por último, justo antes de marcharse y cerrar las puertas a su espalda. 
Mentiría si dijese que en aquel momento no sintió un pellizco nervioso en el corazón por todo lo que la ceremonia suponía. Las manos comenzaron a sudarle rápidamente y para sus adentros, rogó a Odin que los cuervos se alejasen de allí, al menos aquel día, aquella noche. Sólo una... 
Rápidamente, Seren echó mano al baúl y extrajo un arco y un carcaj con algunas flechas. No tardó ni un segundo en colgarlos sobre sus hombros tras ponerse en pie, decidida a tomar las riendas de su nueva vida en aquel preciso instante. Eini, sin comprender qué rondaba la mente de su ama, se acercó con enormes expectativas. —Eini, necesito cazar —aclaró la chica con determinación. —Ah, y un martillo.
—¿Un martillo? ¿Qué vas a pedir a Thor? —preguntó extrañado. —No, espera. ¿Tú vas a pedir algo a Thor? —la señaló con aires bromistas. Pero Seren iba en serio. 
—¿Vienes conmigo? 
—¿Estás bien? Pareces nerviosa.
—Necesito que los dioses me dejen tener una vida normal. 

La noche fue igual de incómoda que el viaje previo que habían estado realizando. Magnus y Ruf comieron hasta hartarse a diferencia de Seren. Eini, por su parte, no se sentía lo bastante asustado o disgustado como para no aprovechar y degustar algo de la carne del jabalí que había traido Magnus, de modo que pudieron descansar con el estomago lleno en su mayoría. Cierto era, sin embargo, que la chica tenía cierta razón cuando decía que la noche la inquietaba. Ruf le había dicho con suma seguriad que se acostumbraría, pero aquello era diferente. Mientras el padre del joven berserker dormitaba roncando como un oso hambriento en periodo de celo, Magnus se mantenía simplemente en una duermevela que no le dejaba descansar en su totalidad. De vez en cuando alzaba la cabeza y miraba de un lado a otro, inspeccionando los alrededores cada vez que oía algún tipo de ruido que no lograba identificar. Curioso, dirigía la vista también hacia sus nuevos acompañantes. El esclavo parecía dormir bien, algo encogido y abrazándose a sí mismo debido al frío. Seren, por su parte, parecía compartir la misma inquietud que él y por un breve momento, ella le miró. Magnus apartó el contacto visual de inmediato y fingió volverse a dormir, pero mentiría si hubiese afirmado que se encontraba en plena tranquilidad. Aquella noche podía oler algo en el aire que le resultaba familiar, pero no sabía exactamente qué era en ese momento.

Al llegar el alba, los extraños movimientos del bosque parecieron cesar. Solo la brisa helada y húmeda se dejaba oler y escuchar meciendo la rama de los árboles de blancos troncos, casi camuflándose en la niebla. Ruf fue el primero en levantar campamento, pegando patadas a la tierra para terminar de cubrir la pequeña fogatilla que hicieron la noche anterior para la acampada -¡Venga, arriba!- vociferó con voz ronca -¡Se acabó el dormir, gandules!- Magnus obedeció de forma militar y disciplinada. No hizo el menor gesto que mostrara pereza, sueño o cansancio. Seren también pudo levantarse sin mayores problemas. La excepción era Eini. Ruf bufó como un toro enfurecido y se acercó al esclavo, se acuclilló a su lado y lo miró a la cara muy de cerca. El joven dormitaba plácidamente. Al sentir el aliento cálido y neblinoso del hombre cerca de su rostro, el durmiente sajón sonrió un ápice.
-Seren...- musitó mientras se acurrucaba más en sí mismo.
-¿Sí?- contestó Ruf fingiendo un tono dulce. Su voz, pese a todo, sonó alta. Lo bastante como para despertar a Eini. El muchacho abrió los ojos despacio, adormecido y pesado. En cuanto pudo enfocar el rostro arrugado y salvaje de Ruf tan cerca de su propio rostro, no pudo hacer otra cosa que lanzar un alarido de terror mientras se alejaba del hombre arrastrándose por el suelo.
-Por los dioses, señor Ruf...- rio de forma entrecortada y nerviosa -Me has asustado...-
-Oh, perdona. Te he asustado- asintió Ruf -No era mi intención...- gruñó acercándose a él y tomándolo de los cabellos. Lo levantó de un tirón, haciendo al chico dolerse -Espabila de una vez, mocoso. Ni se te ocurra retrasarnos ni un instante-
-Por favor- pidió Seren ante la actitud agresiva de Ruf -No es necesario hacerle daño. Solo está cansado-
-Yo también, niña, y aquí estoy- contestó el berserker de mala gana.
-Todos lo estamos- apuntó Magnus -Y no todos somos del mismo clan, padre- se posicionó Magnus -Si ese muchacho será parte de mi familia una vez la chica y yo nos casemos, agradecería que me lo dejaras intacto- Ruf miraba a su hijo acumulando paciencia. Se le notaba bastante que su paciencia se agotaba con bastante facilidad.
-Bien...- bufó finalmente, soltando los cabellos del sajón -Tú mismo, Magnus- se sacudió las manos como si hubiese estado tocando mierda -De todas formas, más os vale a vosotros no retrasaros. Yo tengo unos asuntos que atender y debo separarme de vosotros a partir de aquí-
-¿Asuntos?- Magnus frunció el ceño.
-Sí. Asuntos- asintió Ruf sin mirar a su hijo a los ojos -Me llevaré un caballo, por tanto. Tú adelántate con la chica y este mequetrefe hacia Grimrun- Magnus tardó unos segundos en reaccionar, pero terminó asintiendo. No fue complicado para Seren percibir que allí había una extraña sensación de tensión entre padre e hijo.

Tal y como Ruf anunció, se hizo. Desató a uno de los caballos del carro y lo montó con agilidad para disponer su marcha una vez se despidió de su hijo con un gesto con la mano. Magnus lo despidió de la misma manera y lo vio partir en pos de la niebla hasta que la figura del caballo se desvaneció entre la bruma como por arte de magia -¿S-señor Magnus?- el joven berserker se giró al oír la voz lastimera de Eini a sus espaldas -G-gracias... por...- Magnus gruñó y pasó por el lado del chico, ignorando su agradecimiento.
-Sube al carro- ordenó, sin más -Y tú también- agregó a Seren. Estaba de mal humor, por lo que parecía inteligente hacerle caso sin ponerle demasiadas trabas.

Los tres reanudaron el viaje a partir de ese punto, de nuevo, ascendiendo lentamente hacia la ladera de una montaña de cumbres nevadas. A falta de un caballo, el avance era notablemente más lento conforme pasaban las horas de viaje. El silencio incómodo tampoco ayudaba a que se hiciera todo más ameno. Aún quedaban días para llegar, de modo que les aguardaban varias paradas hasta alcanzar la meta, que era Grimrun. Los dos días siguientes, por tanto, fueron lentos, agónicos, fríos y prácticamente insoportables. Por igual lo fueron siendo las noches, en las que se seguían oyendo ruidos raros y se le sumaba el terrible mal humor del que hacía gala Magnus desde que su padre se fue. Tanto Seren como Eini podían sentir en su propia piel cómo se avecinaba un terremoto con cada nuevo día de viaje, con cada gesto cansado del caballo, con cada torpeza que cometía el animal en el camino debido al agotamiento. No hubiese extrañado a la joven y a su esclavo que en un arranque de ira, Magnus le hubiese cortado la cabeza al corcel. Sorprendentemente para ambos, no lo hizo. No aún. Solo les quedaba un día de camino y las cosas podían cambiar a una velocidad trepidante, por lo que no podían cantar victoria -Pararemos aquí hoy- anunció Magnus, deteniendo al caballo.
-Aún... queda luz- observó Seren, mirando al cielo entre copas altas de árboles gruesos. Atrás quedaron esos árboles blancos de hojas marrones y anaranjadas que ella solía ver en los bosques colindantes en su aldea. Ahora todo eran robles y demás arboledas gruesas e imponentes -Podriamos acortar aún más la distancia-
-Eres una mujer observadora- señaló Magnus -Sé que has estado oyendo cosas extrañas estas noches ¿Me equivoco?-
-¿Tú lo oyes?- pestañeó la chica.
-Lo oigo. Y no me gusta ni un pelo- se descolgó las hachas gemelas que llevaba en la cintura -Voy a por leña para la hoguera- dicho aquello, se adentró en la densa arboleda a través de arbustos blanquecinos por la nieve que solía caer ya por esa zona.
-Es aterrador- dijo Eini por fin con un cansado suspiro una vez se quedó solo con la chica.
-Sí- observaba ella, interesada -Todo esto es aterrador- pero no se refería a Magnus, precisamente.

Cuando el ocaso comenzaba a apresar a Midgard, la hoguera ya ardía con furia. Magnus había traido leña de sobra y, de nuevo, había dado caza a un ciervo de unas dimensiones considerables. El cómo había traido la leña y el ciervo a la vez era igual de llamativo que el modo en que cazó al jabato con aquella velocidad y sigilo. Ciertamente, los berserker eran una tribu de lo más intrigante. Pero para Seren, lo más llamativo, era que Magnus también prestara atención a aquellos ruidos nocturnos cuando nadie más creía oirlos o los ignoraban deliberadamente. Esa nueva noche, como las demás, la ausencia de Ruf hacía que Eini estuviera notablemente más relajado que cuando comenzó el viaje, pese al temor que le despertaba Magnus -¿Es común oír ruidos así de noche?- se atrevió a preguntar Seren con curiosidad, abrazando sus propias rodillas. Magnus estaba terminando de roer un hueso de una pata del ciervo. Antes de contestar, terminó la carne y arrojó el hueso al fuego. Las llamas chisporrotearon y diversas ascuas ascendieron al aire, entre la mirada conectada de hombre y mujer.
-¿Qué quieres decir?-
-Los ruidos. Los de estas noches atrás-
-Siempre hay ruidos de noche en el bosque, mujer-
-Pero no como estos ¿no?- aquella certeza hizo que Magnus entornara la mirada y la estudiara con detenimiento.
-¿Qué sabes tú de los ruidos de los bosques? ¿Acostumbras a pulular por ahí cuando cae el sol?-
-Mi señora es bastante cauta. Puedes estar tranquilo respecto a eso- intervino Eini animado.
-¿Te he preguntado a ti?- gruñó Magnus. Eini bajó la mirada velozmente.
-...No- contestó Seren -No salgo por ahí por las noches- decía mirando al cabizbajo Eini.
-¿Entonces qué sabes de ruidos?- preguntó retórico Magnus, dejando caer su espalda en el tronco de un roble, restando importancia a la pregunta de Seren.
-Vosotros sois berserker- continuó la chica. Magnus cerró los ojos con indiferencia -Sois guerreros, una casta aparte, casi una raza aparte. Se cuenta toda clase de historias sobre vosotros e imagino, por tanto, que vosotros sí acostumbrais a campar por los árboles a la luz de la luna- reflexionó. Magnus volvió a mirarla.
-¿Y qué?- preguntó Magnus. Eini empezaba a temer que Seren le molestara de más, de forma que la miraba con ojos brillantes y suplicantes para que no incidiera más en habladurías sobre su clan.
-Te vi... la otra noche. Igual que yo, estabas mirando hacia todas partes. Estabas inquieto ¿Por qué estarlo, si estás acostumbrado? Ruf, tu padre, no tuvo problemas para dormir, sin embargo...- Magnus no contestó y Seren, por igual, se calló de inmediato. Simplemente se mantuvieron la mirada durante un instante. Eini los miraba a ambos, confuso por el repentino silencio tenso que se mascaba en el aire.
-Pues yo no he oido...-
-Calla- ordenó Magnus.
-No digas nada, Eini- añadió Seren. El chico seguía pasando la mirada de un lado a otro sin comprender exactamente qué estaba pasando. De todas formas obedeció y se limitó a escuchar. El fuego crepitaba pero no oía nada más. El viento mecía las ramas de los árboles, pero nada se podía escuchar. -No entiendo qué ocurre... No se oye nada-
-Exacto- Magnus se puso en pie, alertado, hachas en mano -Sopla el viento y ni siquiera se oye el ruido de una sola hoja- Eini comprendió al instante la lógica que había tras la alarma de Magnus ¿Cómo era posible que soplara la brisa meciendo la hojarasca pero no emitieran sonido alguno, como si estuvieran sordos? El darse cuenta de ello lo acongojó de mala manera.
-Dioses... ¡Dioses!-
-Tranquilo, Eini- apremió la chica -Por favor, respira hondo y no te alarmes-
-Pero... pero...-
-Calla, chico- ordenó Magnus de nuevo, armas en ristre. Miraba a todas partes pero nada veía. Los rodeaba una inescrutable oscuridad que empezaba a mellar en la confianza del guerrero. Sentía que le estaban mirando desde todas partes -Allí...- miró hacia un punto concreto donde sentía una presencia acercarse en mitad de la oscuridad -¿Quién va?- preguntó gruñendo, pero nadie contestó. Eini se acercó a Seren para protegerse y a su vez protegerla -¿¡Quién va!?- rugió.
-N-no se ve nada... Esto es una pesadilla- Eini no pudo evitar agarrar del brazo a Seren. Temblaba. La chica dio un paso para ponerse frente al muchacho. Ella miraba con extraña y llamativa curiosidad hacia el mismo punto oscuro al que miraba Magnus. Sentía que debía mirar, que la estaba llamando. Que si se adentraba en la penumbra, daría con algo o alguien.
-¡Sal de ahí!- con bravura, Magnus lanzó una de las hachas que silbó cortando el viento. De la oscuridad, entonces, brotaron dos cuervos graznando furiosos y aleteando nerviosos. Arremetieron contra Magnus obligando a este a cubrirse el rostro con los brazos y luego sobrevolaron a Seren, mirándola ambos cuervos con suma atención. Finalmente, se posaron sobre las ramas de los robles que los rodeaban... y se acabó la tensión. De pronto, se dieron cuenta de que sí podían oír la brisa nocturna, las hojas agitadas y las crujientes ramas. Magnus gruñó enfadado, pues ahora había perdido un hacha.
-¿Qué es lo que ha pasado? ¿Nos... hemos sugestionado?- preguntó Eini, inocente.
-Podría ser...- quiso tranquilizarlo Seren, que sabía que no había sido una sugestión.
-Será mejor que nos calmemos y tratemos de descansar- gruñó Magnus sentándose de nuevo contra el tronco.
-Pero... ¿Y el hacha?- preguntó Eini -¿Deseas que... vaya a buscarla?- preguntó deseando que le dijera que no. Magnus se lo concedió, negando con la cabeza -De acuerdo- suspiró de alivio. Por fin, podrían gozar de nuevo de algo de tranquilidad. Aunque ninguno de ellos pudo pegar ojo por completo aquella noche.

A la mañana siguiente, antes de que Seren y Eini se pusieran en pie, Magnus fue a buscar el hacha. Deambuló largo rato entre la arboleda, tratando de discernir el punto en el que debía haber caido su arma. Le llamaba la atención, sin embargo, ese olor particular de nuevo, el de las noches anteriores. Y fue gracias al rastro de ese hedor que pudo olfatear, que encontró su hacha clavada en la nieve matutina, entre pasto y tierra húmeda. Al tomarla del suelo, acarició la hoja y se frotó los dedos. Entre el agua del hielo y el fango, había una sustancia carmesí que él conocía muy bien. Cauto, comenzó a mirar a todas partes con velocidad y atención, pues aquella noche no se equivocó al lanzar el hacha. Algo o alguien estaba en la oscuridad y le había herido, pues la hoja de su hacha estaba teñida de misteriosa sangre.

lunes, 4 de mayo de 2020

Un baúl fue suficiente para albergar las pertenencias de la chica. Un par de vestidos, además del que luciría en la ceremonia, junto con algunas joyas, una manta tejida por ella misma y su arma. Ella misma lo arrastró hasta la entrada del hogar, donde Eini se apresuró a ayudarla para cargarlo entre ambos hasta el pequeño carro que cargaban las monturas de aquellos berserkers. 
Se tomó la libertad de coger unos minutos más del tiempo para repasar mentalmente las pertenencias que había optado por llevar y asegurarse de que aquellas que se quedaban no las echaría en falta más tarde, de ahí a que caminase de un lado para otro bajo la atenta mirada de todos los presentes. Prefería ganarse la apariencia de tranquila que olvidar algo importante.
— ¿Tu hija cree que no va a tener suficiente entre nosotros? —preguntó Ruf a Harold. Seren frunció el ceño al comprobar como ponía la situación contra ellos con el uso de unas pocas palabras, de forma que bufó y dio por terminada su tarea. 
—Ya estoy lista —aseguró, justo antes de tomar una silueta pesada envuelta en pieles y caminar con grandes zancadas hacia la el exterior. Su padre y el esclavo la siguieron con la misma prisa, comprobando como la mujer subía al carro y colocaba aquella pieza sobre el baúl. 
—Hija mía, lleva cuidado allá donde te guíen los cuervos —rogó el padre, aferrándose a la madera húmeda e hinchada del carro. Seren se acercó hasta él, quedando ambos a la misma altura. 
—Pierde cuidado, padre. Lo haré. Siempre lo he hecho —aseguró ella. Harold extendió su mano hasta tomar la mejilla rosada de su hija, la cual estaba surcada por algunas manchas que la edad habían dejado dibujada sobre su piel. 
—Eini se quedará contigo —afirmó.
—¿Qué? ¿Por qué? — preguntó sorprendida. Aunque para sorprendido, Eini, quien miraba a sus dueños con una cara de asombro aún mayor. Dado que obedecía a su señor sobre todas las cosas, no tardó en subirse al carro, dando igual lo que ambos tuviesen que discutir.
—Te ayudará. A toda mujer de casa le viene bien la ayuda de un muchacho joven.
—Vinimos a por una mujer, Harold. No a por un niño —gruñó Ruf mientras subía a lomos de su caballo, comprobando como el peso sobre el carro cada vez aumentaba más.
—Forma parte de la dote. El muchacho es fuerte —se excusó el jarl. —Además, así me sentiré más tranquilo.
—No se preocupe señor. Me encargaré de ayudar a Seren en todo lo que necesite —aseguró el chico. Era el único que podía mantener una sonrisa firme en aquel momento, incluso un brillo de júbilo en los ojos ambiguo e indescifrable. 
Cuando Magnus montó sobre su caballo, con un simple golpe de talón ordenó al animal a ponerse en marcha. Ni si quiera avisó de que partían, de forma que a Harold se le cortó el aliento al ver a su hija desaparecer de su vista en apenas unos segundos. Extendió la mano todo cuanto pudo hasta que fue imposible para ambos seguir manteniéndolas sujetas entre sí. Sabía que toda la aldea, en aquel momento, curioseaba la escena que confirmaba que la hija del jarl había sido entregada en matrimonio finalmente. Pero tuvo el valor suficiente de ignorar las habladurías y alzar la vista al cielo nublado y helado. Los cuervos ahora la seguían.

Seren había oído hablar de Grimrun. Se contaban historias horribles sobre los despiadados hombres que la habitaban y sus particulares estilos de vida. Sin embargo, poco sabía realmente sobre dónde se encontraba, de forma que cuando tomaron uno de los caminos que ascendían sobre las laderas de las montañas que coronaban la zona costera, supo que debía tratarse de un poblado de elevada altitud. 
Podía preguntar sobre el tiempo que tardarían en llegar, sobre el día en el que habían decidido celebrar el compromiso e incluso entablar una conversación sencilla para comenzar a conocerse, pero no hizo nada de eso. Desde su posición, con las rodillas recogidas sobre el carro, observaba en silencio como los hombres cabalgaban casi sin inmutarse. Si se miraban entre ellos, era algo que casi no podía percibir debido a las enormes pieles que les cubrían toda la espalda y la cabeza. Suspiró pesadamente, comprendiendo que quizás la idea no había sido tan buena como esperaba.
Apenas había pasado un año del día en que Harold casi no pudo dormir debido a sus responsabilidades. Los berserkers nunca habían dado tantos problemas como aquella vez, quizá alentados por su necesidad de descendencia, o quizás por el más puro instinto violento que les caracterizaba. Su intuición, sus sentidos y todo aquello que la rodeaban le hicieron ver que había llegado el momento, de forma que pidió ser entregada a un berserker para solucionar los problemas, y de paso, avanzar consigo misma. Pero, ahora, dándose de bruces con la realidad, era incapaz de saber si ese avance iba a llegar en algún momento. 
—¿Tienes frío, mujer? —preguntó Ruf. No se giró, sino que su voz se alzó en mitad del silencio hasta llegar a sus oídos.
—No, estoy bien.
—Espero que lo soportes igual de bien cuando lleguemos a la aldea. Es extraño el día en el que la nieve no lo cubre todo —aseguró. ¿Estaba intentando asustarla? ¿Hacer que se sintiese mal? —Los baños en Grimrun suelen ser... difíciles. —añadió. Imaginaba que en cualquier poblado de montaña el agua de cualquier río o riachuelo cercano debía estar congelada, de forma que no comentó nada al respecto. — Cuando intentes...
—No me preocupa los cambios que vaya a dar mi vida. Lo llevaré bien —se adelantó a decir, cortando las palabras del hombre. Eini, que hasta entonces había estado tan callado como todos, le lanzó una mirada preocupada a la chica. Sin embargo, Ruf soltó una risa algo corta y apagada. 
—Al menos es fuerte —murmuró, dirigiendo sus palabras a su hijo. 
—Señor ¿Puedo hacer una pregunta? —alzó la voz Eini. Seren le conocía lo suficiente como para saber que era imposible que sólo se tratase de una pregunta y no de una docena.
—Depende —bufó.
—Quiero saber sobre Grimrun. ¿Cuantos hombres libres componen la aldea? —preguntó con curiosidad. Su voz juvenil y despreocupada arrojó algo de normalidad a la situación.
—Unos cuarenta hombres y un puñado de mujeres. ¿Por qué quieres saber eso?
—Siento curiosidad por el lugar en el que comenzaré a trabajar, señor. 
—¿Trabajar? —soltó una carcajada. —¿Crees que pescamos en los ríos, cazamos en los alrededores y cortamos leña como los demás? Tus delgados brazos no nos servirían ni para una de nuestras batidas de caza. Además, nos entorpecerías. Tu te quedarás con tu dueña, lavando la ropa y calentando el hogar si no quieres tener problemas.
—Sí, señor —asintió con cierta decepción. Seren le lanzó una mirada de aprobación, tranquila y relajada. Los berserkers no debían ser el mayor de sus problemas. 
—Y ahora, si no tienes más pregunta, guarda silencio. Odio el ruido —terminó por ordenar Ruf, haciendo que el silencio volviese a reinar.

Tal y como había esperado, al caer la noche el frío se intensificó. El aliento de los caballos dejaba una nube blanquecina a su paso y la oscuridad nocturna amenazó con ser aún más helada. A Seren le tomó desprevenida que ambos hombres decidieran hacer un alto en el camino, pues había estado sumida en pensamientos durante toda la marcha. Por ello, cuando bajaron de los caballos ella hizo lo mismo. Comprobó como sin que ninguno de los dos dijese nada, Magnus se marchó. —Va a buscar algo para hacer una hoguera —informó Ruf, viendo como la chica seguía con la mirada al hombre. —Aquí las ramas ya están húmedas. 
Condujeron a los caballos hasta una zona situada entre algunos árboles, apartados del camino pero no demasiado. Ruf emitió una leve queja mientras se acomodaba sobre el suelo, bajo la copa de uno de los árboles. Colocó su arma, un hacha vieja, entre las piernas y relajó la postura. Seren se sentó cerca de él, pero no demasiado, viendo por el rabillo del ojo como la estudiaba con detenimiento. —Eres mayor ¿Qué edad tienes?
—Veinticuatro —respondió la chica en voz baja.
—¿Por qué ha tardado tanto tu padre en entregarte a un hombre? ¿Le habían dicho los dioses que reservara a su hija para firmar un tratado de paz? —se burló. 
—Puedo dar hijos. La edad no es impedimento —insistió ella, sin dirigirle la mirada.
—Lo sé. La edad sólo es impedimento para cabalgar largas horas y luchar —alegó, acariciándose una pierna con una ligera mueca de dolor. Por primera vez, su voz sonó sincera y relajada. —¿Y el esclavo? ¿Es sajón? ¿Tu padre lo compró?
—No. Mi padre lo trajo de una batalla —dijo sin más, comprobando como Eini caminaba de un lado para otro distraído, sin oír lo que decían. La mujer se acarició los brazos con cierta intranquilidad. La verdad era que aquella iba a ser su primera noche a la intemperie. —¿Cuantos días quedan para llegar a Grimrun?
—Cinco, quizá seis —Seren no pudo evitar componer un rostro preocupado.
—¿Ya te afecta el frío?
—No tengo frío. Es la noche, me inquieta —se limitó a responder. 
—Te acostumbrarás —dijo por último, justo en el momento en el que Magnus apareció, sosteniendo en una mano un grupo de ramas sacas, y en el otro, la cría de un jabalí. ¿Cómo lo había cazado tan deprisa? Asombrada, observó sin palabras como el hombre encendía una hoguera y despellejaba al pequeño animal mientras que Ruf la miraba con cierta diversión en los ojos. —Deberías comer —dijo por fin el joven, que hasta entonces no había emitido palabra alguna. 
—Es cierto, la comida aparta la intranquilidad —añadió Ruf, quien cerró los ojos mientras su hijo terminaba con su tarea. Y lo cierto era que, había sido tan extraña la habilidad de aquel hombre, que a Seren se le cerró lo estómago de pura incredulidad. 
Un nuevo día, un nuevo sol. La tenue claridad del astro se alzaba entre altas montañas de cumbres nevadas, siempre opacado por una espesa niebla que embargaba los pulmones de los recién levantados hombres y mujeres libres que salían de sus hogares para comenzar una nueva jornada de humilde y duro trabajo para llevarse algo a la boca. La brisa de aquella mañana, sin embargo, olía diferente. Harold, Jarl de Bjlna, lo sintió en los huesos en cuanto asomó su barbado y cansado rostro a la humedad matutina -Buenos días, mi Jarl- saludó un afable joven que se dirigía junto a su padre a cazar, arcos al hombro.
-Buenos días Thorki- contestó el Jarl sin mayor mueca en su rostro que el de una macilenta desesperación. Suspiró pesadamente y alzó la vista a los cielos, como hacía cada día desde hacía ya varios años -Hoy no volveré a preguntarte qué quieres de nosotros- masculló para sí.
-Qué madrugador, señor Harold- una voz joven y cantarina resonó a espaldas del Jarl. El joven, adolescente, se restregaba los ojos y se limpiaba la cara como buenamente podía
-Hola Eini- dijo el Jarl al voltearse para mirar al chico -¿Se ha levantado Seren?-
-Creo que aún no- bostezó el esclavo.
-Bien- asintió Harold -Da de comer a los caballos- ordenó, apartándose de la puerta, dejando paso al chico.
-Sí, señor- obediente, Eini salió al exterior para comenzar a realizar sus tareas. Harold, por su parte, no sentía fuerza y ánimo alguno para realizar acción alguna. Si no le fallaban los cálculos, ya hacía un año exacto en el que se había encontrado con aquel demonio lejos de Bjlna y había acordado el enlace de su hija con el vástago de aquel hombre. Un año exacto, justo lo que prometieron, justo como se acostumbraba. El hombre reflexionaba preocupado sobre la posibilidad de que el aire estuviese tan cargado y pesado debido a eso, a que se estuvieran aproximando. Se preguntaba si era precisamente por eso por lo que el aire le olía a campo de batalla, sangre y muerte.
-Padre- el hombre se vio sorprendido por la repentina voz de su hija, Seren, a la que no esperaba debido a que Eini señaló que no parecía estar aún despierta.
-Ah, Seren- sonrió torpemente el hombre -Me has asustado-
-Entonces estás perdiendo facultades- comentó la chica con una sonrisilla cansada y adormecida -El gran Jarl dejándose sorprender por una chica joven que vive en su propia casa-
-Supongo que tienes razón- se mesó la barba poblada -Me hago viejo, hija-
-Ya quisieran muchos llegar a viejo con tu salud- Harold bufó ante aquel comentario -¿Y Eini?-
-Dando de comer a los caballos. Ahora traerá leche- contestó su padre.
-Puedo ocuparme yo- se encogió de hombros la chica.
-Como gustes. El cubo está ahí- señaló con la cabeza a una esquina cerca de la puerta -Pretendía que fuesemos a pescar algo juntos-
-Si lo hago rápido, podré hacerlo. También podrías echar una mano- comentó ladeando la cabeza.
-Sí... Podría- sonrió con sorna -Pero me temo que hoy los dioses no están conmigo para semejantes labores-
-Dioses, siempre tan oportunos- comentó sarcástica la chica, robando una sonrisa sincera a su padre -Volveré enseguida- Harold asintió ante tal comentario y la observó pasar frente a él con detenimiento, recorriéndola con la mirada y sintiendo cómo le embargaba una enorme inseguridad.
-Oye, Seren...-
-¿Sí?- la chica giró la cabeza mientras intentaba abrir la puerta, pero ésta fue más rápida y le azotó tan fuerte en la cara al abrirse de golpe que la arrojó contra el suelo.
-¡Seren!- Harold se levantó veloz para ayudar a su hija a ponerse en pie y recuperar la compostura. Al mirar al umbral, ahí estaba Eini, respirando agitadamente -¿¡Qué demonios crees que haces, chico!?- gruñó furioso el Jarl.
-¡S-señor!- respiró entrecortado -¡Problemas! ¡Hay problemas!- Harold ignoró brevemente las palabras de Eini mientras ayudaba a su hija. Seren se recompuso rápido, pues afortunadamente su padre la había formado lo suficiente como para ser más que una simple ama de casa.
-¿Qué pasa Eini?- preguntó la chica acariciándose la cara. Aún sentía la mejilla entumecida.
-Thorlund y su hijo Thorki acaban de volver a toda prisa. Thorki está herido- explicó con voz rota -Dicen... dicen que dos monstruos se acercan-
-¿Monstruos? ¿Qué tonterías dices?- bufó Seren mientras recogía el cubo -Aparta, anda. Voy a por leche- Harold agarró el brazo de su hija de forma repentina y con más fuerza de la que debería.
-No- inquirió el Jarl -Quédate aquí-
-Pero padre...-
-He dicho que te quedes aquí. No creo que sean dos monstruos los que vienen. No, al menos, en el sentido estricto de la palabra- Eini y Seren se miraron el uno al otro -Tú también, chico. Quédate aquí. Pronto el pueblo se quedará vacío-

Dicho y hecho, en cuestión de unos largos minutos, el jaleo jovial de un pueblo al despertar comenzó a volverse silencioso y siniestro. Desde el interior de la casa solo se oían agitados pasos, voces alteradas y puertas cerrándose. Finalmente, silencio solo quebrado por el fuego del hogar, que crepitaba y brillaba reflejado en los ojos del Jarl, que no ofrecía mayor explicación a su hija o al esclavo, que esperaban algo inquietos a obtener respuestas a lo que pasaba -Eh... Se oye algo-
-Shhh- ordenó el Jarl a Eini -Silencio, chico- pero no se equivocaba. Unas pisadas pesadas, seguramente de caballo, se oían al otro lado de la puerta. A juzgar por el chirrido ronco y el traqueteo, tiraban de un carro o algo similar. Apenas un minuto después, el silencio se quebró del todo.
-¡Jarl Harold El Gris!- vociferó una voz cruel y cavernosa -¡Da la cara!- Harold, al que llamaban el Gris por las canas de su barba, se puso en pie.
-¿Padre?- Seren se puso en pie por igual, pero éste la detuvo con la mirada. No eran los ojos de un guerrero los que la miraron, sino los de un padre preocupado y asustado. Entonces, como si una tormenta empezara en la mente de la chica, lo recordó ¿Ya había pasado un año? ¿De verdad eran ellos? La respuesta la obtuvo rápido, en cuanto su padre abrió la puerta y se dejó ver en el umbral. Desde ahí podía ver, en el centro de la plaza, a los dos individuos recién llegados envueltos en pavorosas capas de piel de lobo. La cabeza de estos animales les servía de capucha contra la niebla y el frío, además de dotarles de un aspecto digno de temer.
-Ruf- saludó el Jarl -Puntual, como cabría esperar-
-El tiempo es enemigo de quienes no comulgan con Idunna- carraspeó el mayor de los dos berserker.
-Pasad- pidió hospitalario el Jarl, dejando paso apartándose del umbral. Poco después, ambos individuos pasaron al interior y la puerta se cerró tras ellos de mano de Harold.

Ante la visión de semejantes monstruos, Eini sintió enormes deseos de esconderse. Seren, por su parte, se mantuvo fría y estoica, sin mostrar temor o debilidad ante esos fieros guerreros que, si era verdad lo que se contaba de ellos, podrían diezmar el pueblo sin más ayuda que las armas que llevaban encima -Poneos cómodos- ofreció el Jarl -Estáis en casa-
-Bien- Ruf y su acompañante, más joven, se despojaron de las pieles y tomaron asiento. Era llamativo que no llevaran nada puesto de cintura para arriba, pues aquellas pieles parecían ser su único atuendo. El cuerpo de ambos estaba lleno de tatuajes y pinturas de guerra, así como runas que eran facilmente identificables con Helheim y un funesto culto a la muerte y la guerra. Ruf era ya anciano dentro de la esperanza de vida de los hombres libres, y más aún para un berserker. Su cuerpo, además, lo delataba: arrugas se mezclaban con cicatrices y tatuajes. La musculatura de antaño ya no estaba tan acentuada y endurecida como seguramente lo estuvo en su día, pero sí era cierto que a diferencia de Harold y otros hombres de la aldea, carecía de la característica barriga hinchada nacida de la mezcla de cerveza y festines de carne grasienta. El acompañante, el muchacho, era otro cantar. Seren había visto guerreros de todas clases desde que era niña, pues raro era el hombre que no se dedicaba al pillaje para proveer a los suyos cuando llegaban los inviernos y las vacas flacas. Ese joven no era el más alto, ni el más ancho, ni el más cincelado como una tablilla rúnica, pero solo Odín, que siempre la acompañaba, podía adivinar cuánto miedo inspiraba ese hombre pese a la apariencia tranquila que la chica mostraba frente a ellos. En un rápido vistazo, le bastó para determinar que no era tanto su aspecto físico, que también, como su mirada fiera y siniestra, lo que despertaba semejante pavor. Además, pese a lo joven que era, tenía más cicatrices que su padre. Para ser un par de berserker, eso decía muchísimo del joven guerrero -¿Ella es la chica?- preguntó Ruf, dirigiendo todas las miradas hacia ella. Los ojos de la joven se cruzaron con el del joven acompañante de Ruf.
-Sí, es Seren, mi hija-
-Pues en marcha, niña- declaró Ruf, poniéndose en pie de nuevo.
-Espera, espera- Harold se puso en pie por igual -¿Ya está? ¿Sin más?-
-¿Qué esperas?- gruñó el mayor de los berserker -¿Quieres que estrechemos las manos? Te hemos traido pieles como regalo. Un par de osos adultos cazados por Magnus, mi hijo- le señaló con la mano -Te servirán bien en invierno y en batalla. Ahora, nos vamos-
-Casi parece un secuestro, Ruf-
-¿Tienes algo que objetar?- el berserker dio un paso hacia el Jarl, midiendo la tenacidad de su mirada.
-Estás en nuestra casa- se aventuró a decir la chica, arrepintiéndose al instante, pero a lo hecho, pecho -Nos debes... respeto- Ruf comenzó a sonreír lentamente, mostrando sus dientes con amplitud. No era una sonrisa amable, pero sí divertida. Harold suspiró de alivio al ver que no había intenciones homicidas, de momento.
-¿Cómo lo has hecho para criar a una hija que tenga más agallas que el resto de los habitantes de tu pueblo, Harold?- Ruf miró a su hijo -¿Qué te parece, Magnus?-
-Suficiente- alegó el joven.
-¿Cómo que suficiente?- cuestionó el Jarl.
-Mientras pueda darme hijos, me da igual todo lo demás- informó Magnus -Me da igual su aspecto, su cabello, su actitud, su cuerpo- enumeró -Mi clan necesita descendencia-
-Por tanto, es suficiente- concluyó Ruf.
-Os pediría más respeto- gruñó Harold perdiendo la paciencia -Mi hija no es mercancía, no es una esclava a la que se la pueda mirar como un saco de carne que...-
-Padre, está bien- asintió Seren -No me ofenden sus palabras- el Jarl gruñó.
-¿Es todo, entonces?- se abrió de brazos Ruf, espectante -Podemos ponernos en marcha de ser así. El viaje hasta Grimrun es largo y complicado para estos viejos huesos-
-No, no está bien- bufó -Como Jarl de Bjlna, exijo además saber qué ha pasado en las cercanías del pueblo- Ruf lo miró con interés -Dos hombres, un padre y su hijo, Thorlund y Thorki ¿Qué ha pasado?-
-Me confundieron con algún monstruo de los bosques- se atrevió a decir Magnus, misterioso y sosegado -Y les demostré que lo soy- su indiferencia era escalofriante.
-No había razón para herir a Thorki-
-¿Y?- Magnus alzó ligeramente la cabeza con altivez. Harold supo en ese preciso momento que decir algo más sobre el tema sería jugarse al azar el tirar por tierra el acuerdo de matrimonio que contrajo con Ruf sobre Seren y Magnus.
-No seas blando, Harold. Todos saben a lo que se atienen. Incluso tú- sonrió Ruf -Ningún berserker permitiría que alguien le apunte con una flecha y se vaya de rositas. Nosotros somos la guerra. Y afortunadamente para ti, eres parte del clan a partir de hoy. Cuentas con nuestra protección y amistad- Ruf ofreció su mano y Harold lo miró largamente en silencio.
-¿No hay... más que hablar?-
-Nunca hubo nada más que hablar- asintió Ruf -La chica se viene con nosotros ahora mismo. Despedíos y que coja lo que tenga que coger. Se casará en Grimrun según nuestros ritos-
-¿Volveré a verla?-
-Claro- asintió Ruf con su sonrisa terrorífica -Puedes venir siempre que quieras a la aldea. Como he dicho, eres parte del clan al casar a tu hija con mi hijo-
-Como Jarl, será difícil...- Harold miró a su hija con lástima -Dejar el pueblo...- masculló.
-Ella podrá venir cuando guste- apuntó Magnus, para sorpresa de todos, hasta de su padre -No tendrá prohibido el salir de Grimrun-
-Como ves, Harold, mi hijo también es un poco blando a veces. Eso os beneficia- Seren miraba a Magnus mientras este la miraba a ella ¿De verdad iba a ser tan fácil? ¿Tener una vida normal, ser una chica normal... solo era darle hijos a ese hombre... y se acabó?
-Entonces... supongo que es hora- asintió Harold -Seren... disculpa que todo sea tan repentino, hija- Seren negó con la cabeza, restando importancia -Empaca tus enseres- pidió su padre.
-Lo necesario, nada más- exigió Ruf -Vas a Grimrun, no a la casa del rey- Seren asintió.
-Decide bien. Te esperaremos- apuntó Magnus. Era extraño, ciertamente. Ese joven tenía un aire muy distinto a su padre. Sí, sobre el asunto de Thorki y Thorlund se había mostrado vehemente y arrogante por un instante, pero aquello no era más que orgullo guerrero. A la hora de dirigirse a ellos, en general, parecía más sosegado y menos impetuoso que Ruf, que se comportaba más como un simple pirata asaltante que como un supuesto guerrero místico como eran los berserker. A decir verdad, el notable silencio de Magnus en contraposición a su padre denotaba cierta inquietud por parte del muchacho, también. Seren podía notar que había algo más que simple indiferencia por parte del joven, algo que parecía querer ocultar.