Un baúl fue suficiente para albergar las pertenencias de la chica. Un par de vestidos, además del que luciría en la ceremonia, junto con algunas joyas, una manta tejida por ella misma y su arma. Ella misma lo arrastró hasta la entrada del hogar, donde Eini se apresuró a ayudarla para cargarlo entre ambos hasta el pequeño carro que cargaban las monturas de aquellos berserkers.
Se tomó la libertad de coger unos minutos más del tiempo para repasar mentalmente las pertenencias que había optado por llevar y asegurarse de que aquellas que se quedaban no las echaría en falta más tarde, de ahí a que caminase de un lado para otro bajo la atenta mirada de todos los presentes. Prefería ganarse la apariencia de tranquila que olvidar algo importante.
— ¿Tu hija cree que no va a tener suficiente entre nosotros? —preguntó Ruf a Harold. Seren frunció el ceño al comprobar como ponía la situación contra ellos con el uso de unas pocas palabras, de forma que bufó y dio por terminada su tarea.
—Ya estoy lista —aseguró, justo antes de tomar una silueta pesada envuelta en pieles y caminar con grandes zancadas hacia la el exterior. Su padre y el esclavo la siguieron con la misma prisa, comprobando como la mujer subía al carro y colocaba aquella pieza sobre el baúl.
—Hija mía, lleva cuidado allá donde te guíen los cuervos —rogó el padre, aferrándose a la madera húmeda e hinchada del carro. Seren se acercó hasta él, quedando ambos a la misma altura.
—Pierde cuidado, padre. Lo haré. Siempre lo he hecho —aseguró ella. Harold extendió su mano hasta tomar la mejilla rosada de su hija, la cual estaba surcada por algunas manchas que la edad habían dejado dibujada sobre su piel.
—Eini se quedará contigo —afirmó.
—¿Qué? ¿Por qué? — preguntó sorprendida. Aunque para sorprendido, Eini, quien miraba a sus dueños con una cara de asombro aún mayor. Dado que obedecía a su señor sobre todas las cosas, no tardó en subirse al carro, dando igual lo que ambos tuviesen que discutir.
—Te ayudará. A toda mujer de casa le viene bien la ayuda de un muchacho joven.
—Vinimos a por una mujer, Harold. No a por un niño —gruñó Ruf mientras subía a lomos de su caballo, comprobando como el peso sobre el carro cada vez aumentaba más.
—Forma parte de la dote. El muchacho es fuerte —se excusó el jarl. —Además, así me sentiré más tranquilo.
—No se preocupe señor. Me encargaré de ayudar a Seren en todo lo que necesite —aseguró el chico. Era el único que podía mantener una sonrisa firme en aquel momento, incluso un brillo de júbilo en los ojos ambiguo e indescifrable.
Cuando Magnus montó sobre su caballo, con un simple golpe de talón ordenó al animal a ponerse en marcha. Ni si quiera avisó de que partían, de forma que a Harold se le cortó el aliento al ver a su hija desaparecer de su vista en apenas unos segundos. Extendió la mano todo cuanto pudo hasta que fue imposible para ambos seguir manteniéndolas sujetas entre sí. Sabía que toda la aldea, en aquel momento, curioseaba la escena que confirmaba que la hija del jarl había sido entregada en matrimonio finalmente. Pero tuvo el valor suficiente de ignorar las habladurías y alzar la vista al cielo nublado y helado. Los cuervos ahora la seguían.
Seren había oído hablar de Grimrun. Se contaban historias horribles sobre los despiadados hombres que la habitaban y sus particulares estilos de vida. Sin embargo, poco sabía realmente sobre dónde se encontraba, de forma que cuando tomaron uno de los caminos que ascendían sobre las laderas de las montañas que coronaban la zona costera, supo que debía tratarse de un poblado de elevada altitud.
Podía preguntar sobre el tiempo que tardarían en llegar, sobre el día en el que habían decidido celebrar el compromiso e incluso entablar una conversación sencilla para comenzar a conocerse, pero no hizo nada de eso. Desde su posición, con las rodillas recogidas sobre el carro, observaba en silencio como los hombres cabalgaban casi sin inmutarse. Si se miraban entre ellos, era algo que casi no podía percibir debido a las enormes pieles que les cubrían toda la espalda y la cabeza. Suspiró pesadamente, comprendiendo que quizás la idea no había sido tan buena como esperaba.
Apenas había pasado un año del día en que Harold casi no pudo dormir debido a sus responsabilidades. Los berserkers nunca habían dado tantos problemas como aquella vez, quizá alentados por su necesidad de descendencia, o quizás por el más puro instinto violento que les caracterizaba. Su intuición, sus sentidos y todo aquello que la rodeaban le hicieron ver que había llegado el momento, de forma que pidió ser entregada a un berserker para solucionar los problemas, y de paso, avanzar consigo misma. Pero, ahora, dándose de bruces con la realidad, era incapaz de saber si ese avance iba a llegar en algún momento.
—¿Tienes frío, mujer? —preguntó Ruf. No se giró, sino que su voz se alzó en mitad del silencio hasta llegar a sus oídos.
—No, estoy bien.
—Espero que lo soportes igual de bien cuando lleguemos a la aldea. Es extraño el día en el que la nieve no lo cubre todo —aseguró. ¿Estaba intentando asustarla? ¿Hacer que se sintiese mal? —Los baños en Grimrun suelen ser... difíciles. —añadió. Imaginaba que en cualquier poblado de montaña el agua de cualquier río o riachuelo cercano debía estar congelada, de forma que no comentó nada al respecto. — Cuando intentes...
—No me preocupa los cambios que vaya a dar mi vida. Lo llevaré bien —se adelantó a decir, cortando las palabras del hombre. Eini, que hasta entonces había estado tan callado como todos, le lanzó una mirada preocupada a la chica. Sin embargo, Ruf soltó una risa algo corta y apagada.
—Al menos es fuerte —murmuró, dirigiendo sus palabras a su hijo.
—Señor ¿Puedo hacer una pregunta? —alzó la voz Eini. Seren le conocía lo suficiente como para saber que era imposible que sólo se tratase de una pregunta y no de una docena.
—Depende —bufó.
—Quiero saber sobre Grimrun. ¿Cuantos hombres libres componen la aldea? —preguntó con curiosidad. Su voz juvenil y despreocupada arrojó algo de normalidad a la situación.
—Unos cuarenta hombres y un puñado de mujeres. ¿Por qué quieres saber eso?
—Siento curiosidad por el lugar en el que comenzaré a trabajar, señor.
—¿Trabajar? —soltó una carcajada. —¿Crees que pescamos en los ríos, cazamos en los alrededores y cortamos leña como los demás? Tus delgados brazos no nos servirían ni para una de nuestras batidas de caza. Además, nos entorpecerías. Tu te quedarás con tu dueña, lavando la ropa y calentando el hogar si no quieres tener problemas.
—Sí, señor —asintió con cierta decepción. Seren le lanzó una mirada de aprobación, tranquila y relajada. Los berserkers no debían ser el mayor de sus problemas.
—Y ahora, si no tienes más pregunta, guarda silencio. Odio el ruido —terminó por ordenar Ruf, haciendo que el silencio volviese a reinar.
Tal y como había esperado, al caer la noche el frío se intensificó. El aliento de los caballos dejaba una nube blanquecina a su paso y la oscuridad nocturna amenazó con ser aún más helada. A Seren le tomó desprevenida que ambos hombres decidieran hacer un alto en el camino, pues había estado sumida en pensamientos durante toda la marcha. Por ello, cuando bajaron de los caballos ella hizo lo mismo. Comprobó como sin que ninguno de los dos dijese nada, Magnus se marchó. —Va a buscar algo para hacer una hoguera —informó Ruf, viendo como la chica seguía con la mirada al hombre. —Aquí las ramas ya están húmedas.
Condujeron a los caballos hasta una zona situada entre algunos árboles, apartados del camino pero no demasiado. Ruf emitió una leve queja mientras se acomodaba sobre el suelo, bajo la copa de uno de los árboles. Colocó su arma, un hacha vieja, entre las piernas y relajó la postura. Seren se sentó cerca de él, pero no demasiado, viendo por el rabillo del ojo como la estudiaba con detenimiento. —Eres mayor ¿Qué edad tienes?
—Veinticuatro —respondió la chica en voz baja.
—¿Por qué ha tardado tanto tu padre en entregarte a un hombre? ¿Le habían dicho los dioses que reservara a su hija para firmar un tratado de paz? —se burló.
—Puedo dar hijos. La edad no es impedimento —insistió ella, sin dirigirle la mirada.
—Lo sé. La edad sólo es impedimento para cabalgar largas horas y luchar —alegó, acariciándose una pierna con una ligera mueca de dolor. Por primera vez, su voz sonó sincera y relajada. —¿Y el esclavo? ¿Es sajón? ¿Tu padre lo compró?
—No. Mi padre lo trajo de una batalla —dijo sin más, comprobando como Eini caminaba de un lado para otro distraído, sin oír lo que decían. La mujer se acarició los brazos con cierta intranquilidad. La verdad era que aquella iba a ser su primera noche a la intemperie. —¿Cuantos días quedan para llegar a Grimrun?
—Cinco, quizá seis —Seren no pudo evitar componer un rostro preocupado.
—¿Ya te afecta el frío?
—No tengo frío. Es la noche, me inquieta —se limitó a responder.
—Te acostumbrarás —dijo por último, justo en el momento en el que Magnus apareció, sosteniendo en una mano un grupo de ramas sacas, y en el otro, la cría de un jabalí. ¿Cómo lo había cazado tan deprisa? Asombrada, observó sin palabras como el hombre encendía una hoguera y despellejaba al pequeño animal mientras que Ruf la miraba con cierta diversión en los ojos. —Deberías comer —dijo por fin el joven, que hasta entonces no había emitido palabra alguna.
—Es cierto, la comida aparta la intranquilidad —añadió Ruf, quien cerró los ojos mientras su hijo terminaba con su tarea. Y lo cierto era que, había sido tan extraña la habilidad de aquel hombre, que a Seren se le cerró lo estómago de pura incredulidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario