Grimrun se dejó ver como una pequeña aldea asentada entre montañas a primera hora de la mañana. Para conseguir llegar pronto, la partida había vuelto a dar comienzo antes de que las estrellas se alejaran del cielo oscuro, de forma que, para cuando cruzaron los límites de la zona, el cansancio empezaba a hacer mella en todos.
Eini, con suma curiosidad, observaba cada detalle desde su posición sobre el carro. Las inseguridades parecían quedar ajenas al potente sentimiento de felicidad cedida por el descubrimiento que sus ojos presenciaban. Su boca entre abierta y sus ojos brillantes hicieron que Seren sintiese ternura al mirarle. Cuando actuaba de aquella forma tan impulsiva, siempre conseguía que le viese como al niño que fue en vez de al hombre en el que se había convertido, pues sabía que aquella faceta aún no se había despegado de él. Y en aquel momento, no era para menos. Grimrun era, ante todo, sombrío. La oscuridad que proporcionaba el cielo encapotado dotaba a la aldea de una imponente sombra que se cernía sobre las pequeñas viviendas cuyas estructuras de madera parecían estar más estropeadas por la humedad que por el propio tiempo. La tierra que pisaban estaba húmeda y parcialmente congelada, lo que hacía que las pisadas del caballo emitiesen un sonido que evocaba una sensación de frío aún mayor de la que Seren ya sentía al ver como los tejados estaban cubiertos por un manto blanquecino. Y los habitantes de Grimrun, los berserker, no añadían el toque de calidez que faltaba. Sus rostros extrañados e incluso dubitativos, con ceños fruncidos y muecas de enfado, hicieron ver a la chica que su nuevo hogar no iba a ser parecido a Bjlna. La sensación de bienvenida era más bien escasa y las ideas de forjar amistades fueron desapareciendo poco a poco.
—Daría lo que fuera por tener algo sobre lo que dibujar ahora mismo —murmuró Ein, cada vez más ensimismado conforme se adentraban más y más en la aldea.
—¿Por qué? —quiso saber Seren.
—¿No te has fijado? Mira que belleza —La chica siguió el recorrido del dedo del muchacho en cuanto éste señaló al frente. Había algunos hogares, todos colocados de forma desigual y asimétrica. Pero lo que llamaba la atención del chico no era eso, sino las enormes montañas que se dibujaban al fondo, blancas, brillantes e imponentes. —Apuesto todo lo que tengo a que las noches claras deben ser las más preciosas aquí.
—Tú no tienes nada, Eini— se burló la mujer, sin malicia alguna.
—Si que tengo, pero nada material —esclareció el chico. —Tengo un hogar, una función que desempeñar, alguien a quien ayudar... —enurmeró. —Una vida normal. —Aquellas palabras dejaron a Seren en blanco durante unos segundos. Lo primero que le llamó la atención era como un esclavo podía admitir tales palabras aún sabiendo que su posición le ponía justo por debajo de ella y en contra de su voluntad. Y lo segundo, la capacidad de alabar tener una vida normal. Una vida normal era justo lo que ella también quería. ¿A caso no era aquel el nivel de deseo más básico e imprescindible de cualquier persona, libre o no? Sumida en pensamientos, dirigió su mirada a Magnus, preguntándose si él podría ayudarla a solventar aquella necesidad.
—Procura no cabrearles —dijo de repente. Fue tan repentino que hablase, que la mujer dio un respingo. Incapaz de mantener una conversación tan delicada a voces, bajó del carro aún cuando éste continuaba en marcha y aceleró su paso hasta colocarse junto al animal que el hombre cabalgaba.
—¿A qué te refieres?
—A ellos —señaló con la vista a los berserker que caminaban de un lado para otro en sus quehaceres diarios. Magnus bajó del caballo y se limitó a andar tirando de las riendas, equilibrando su posición con la de la chica para que hablar fuese más cómodo. —Tratarás con ellos a partir de ahora, por lo que hay algo que debes saber. Cuando converses, siempre correrás el riesgo de enfadarles. Algunos son así, uraños y precipitados. Debes parar fijándote en el color de sus ojos—explicó.
—¿Cambian de color? —preguntó la chica, sumamente extrañada.
—Ya lo entenderás —se limitó a responder él.
—¿Das por hecho que les enfadaré? Ni si quiera me conoces —sonrió la chica, intentando sonar amable con respecto a la distancia que aún les separaba. Durante unos segundos se miraron, estableciendo por primera vez una situación cómplice entre ambos. Pero no duró demasiado.
El caballo se detuvo frente a una pequeña casa algo apartada de la zona más conglomerada. Junto a ella, había un pequeño establo en el que se dejó al animal, además de algunos enseres para cuidar de animales. Cuando Magnus se adentró en el interior del hogar, la mujer pudo comprobar que no dejaba de ser un hogar decente y suficiente. Junto al pilar central de la casa había una mesa con sillas que parecían recién talladas, además de algunas cajas de almacenaje y baúles. Al fondo, un camastro se ocultaba tras una cortina de una tela fina, y las paredes estaban adornadas con cuernos de animales de diversos tamaños.
Mientras Seren se limitaba observar, Eini ya se encargaba de arrastrar el baúl de su dueña hacia el interior de la vivienda, buscando algún lugar adecuado en el que dejarlo. Magnus, mientras tanto, se deshizo del poco equipaje que había llevado consigo, dejándolo sobre una especie de mueble pequeño para almacenar. —¿Vive aquí Ruf? —preguntó la mujer de repente.
—¿Mi padre? No. Vive en una granja a unos minutos de aquí.
—¿Vivías tú solo? —añadió extrañada.
—No, vivía con él. A partir de hoy viviremos aquí.
—¿La has hecho tú? —Magnus asintió y Seren esbozó una pequeña sonrisa. Ahora entendía por qué las sillas parecían recién talladas. Debía haber estado construyendo el hogar meses, de seguro, desde que el enlace entre ambos fue pactado. La idea de que se implicase en la unión de ambos consiguió que la chica se relajase y emitiese un leve suspiro de alivio.
—¿Donde dormía el esclavo antes? —preguntó con seriedad. —¿En las cuadras?
—No, dormía en la casa —admitió con cierto recelo. Sabía que algunos amos trataban mal a sus esclavos, y ella no quería que ningún tipo de castigo fuese impuesto en Eini sin motivo alguno.
—Bueno, es tu casa. Tú decides —terminó por decir el hombre, caminando de nuevo hacia la entrada. La idea de quedarse sola tan pronto le generó cierta intranquilidad, de forma que no pudo evitar detenerle.
—¿Ya te vas?
—¿No necesitas prepararte? —preguntó con el ceño fruncido, justo antes de agarrar la puerta. A Seren le costó unos segundos entender a qué se refería, hasta que su mente dio con lo único a lo que podía estar refiriéndose.
—¿Será hoy? —preguntó con voz cansada. Tras tantos días de viaje, sentía las piernas entumecidas y un baño era lo que más le apetecía, pero no uno helado tal y como había asegurado Ruf que sería.
—Ésta noche —confirmó. —Tú... haz lo que necesites —sugirió algo incómodo. —Nos vemos luego—dijo por último, justo antes de marcharse y cerrar las puertas a su espalda.
Mentiría si dijese que en aquel momento no sintió un pellizco nervioso en el corazón por todo lo que la ceremonia suponía. Las manos comenzaron a sudarle rápidamente y para sus adentros, rogó a Odin que los cuervos se alejasen de allí, al menos aquel día, aquella noche. Sólo una...
Rápidamente, Seren echó mano al baúl y extrajo un arco y un carcaj con algunas flechas. No tardó ni un segundo en colgarlos sobre sus hombros tras ponerse en pie, decidida a tomar las riendas de su nueva vida en aquel preciso instante. Eini, sin comprender qué rondaba la mente de su ama, se acercó con enormes expectativas. —Eini, necesito cazar —aclaró la chica con determinación. —Ah, y un martillo.
—¿Un martillo? ¿Qué vas a pedir a Thor? —preguntó extrañado. —No, espera. ¿Tú vas a pedir algo a Thor? —la señaló con aires bromistas. Pero Seren iba en serio.
—¿Vienes conmigo?
—¿Estás bien? Pareces nerviosa.
—Necesito que los dioses me dejen tener una vida normal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario