La noche parecía querer esfumarse de la misma forma que lo hacían las chispas de la gran hoguera que cumplía su función céntrica en mitad de la celebración. El cielo, al que los dioses habían decidido colmar de estrellas durante la velada, invitaba a que la fiesta jamás terminase. Los berserker bebían, comían, cantaban y celebraran sin ningún tipo de descanso. El olor a hidromiel inundó el ambiente, y el componente de éste, consiguió que ninguno de los presentes sintiese ningún tipo de frío a pesar de la helada. El calor los acompañaba a todos, sin distinción de edad o sexo. Y quizá por ello, sin querer, quienes ahora se habían convertido en marido y mujer compartieron una mirada cómplice y más larga de lo que hasta entonces habían conseguido mantener. Magnus se levantó de su asiento, y al hacerlo, captó la atención de todos. Los hombres de la aldea comenzaron a gritar y animar, con sonidos parecidos a los aullidos, mientras que las mujeres se limitaron a alzar las manos en señal de aprobación. Seren imitó al hombre, incluso cuando comenzó a caminar sujetando su mano en dirección al hogar que ahora ambos compartían. Los berserker les siguieron, y hasta que Magnus no cerró las puertas del hogar, éstos no comenzaron a regresar a los orígenes del festejo. —No te preocupes por ellos, ya se van — pronunció en un hilo de voz, como si quisiera tranquilizar a la chica. Lo que él no sabía, es que ella no estaba tan dispersa y ausente por los rituales que acababa de presenciar.
En el interior de la vivienda, el fuego que había sobre el pilar central ya estaba encendido. Magnus colocó la espada nueva, obsequio de su mujer, junto al mismo pilar. Ahora el hogar estaba protegido, y con él, su matrimonio.
Cuando el hombre se dio la vuelta, Seren tuvo que reparar unos segundos para observarle. Ya le había visto antes. Su cuerpo trabajado, sus cicatrices y sus múltiples dibujos sellados a tinta sobre la piel destacaba sobre todo lo demás, más aún en aquel momento en el que todo su cuerpo estaba señalado con huellas de sangre. Pero aquella noche había más que observar, como su mirada seria y a la vez cálida, su gesto tranquilo y decidido, y sobre todo, la imponente presencia que desprendía. Sus formas dibujaron en las paredes sombras casi aterradoras. El fuego a sus espaldas casi le hicieron parecer un animal conforme se acercó a ella, pero... Seren no sintió miedo alguno.
Cuando le tuvo a su lado no pudo hacer otra cosa que mirarle a los ojos. Él extendió sus manos hasta agarrar las prendas que la vestían, retirándolas de una en una con absoluta calma, que, sin embargo, no impidió que quedase completamente desnuda con prontitud. Sintiéndose observada, acabó acercándose más al hombre, comos si el cuerpo de éste pudiese protegerla de todo lo que estaba empezando a sentir. Esperó cualquier tipo de reacción ante aquel primer contacto, cualquiera que les hubiese conducido rápidamente a yacer en aquella misma posición. Pero Magnus acarició los cabellos de la mujer hasta colocar su mano en la parte trasera de su cuello, obligándola a volver a mirarle. —Tus ojos... son preciosos —murmuró. Y sabían los dioses que Seren hubiese sucumbido ante esas palabras si no fuera porque las voces volvieron a sembrar la confusión en su cabeza. Esas mismas voces susurrantes y pesadas que había estado oyendo varias veces durante la celebración, y que parecía no querer dejarla en paz.
Cansada de su propia suerte, se puso de puntillas y alcanzó los labios del hombre. Quería alejar aquellos murmullos de la mente y la única solución factible era distraerlas. Jamás había besado a alguien antes, de manera que entrelazar sus labios con los de Magnus le pareció algo complicado. Por suerte, éste no tardó en responder. Rodeándola con sus brazos, intensificó los besos hasta casi conseguir que la chica perdiese el aliento. La condujo con facilidad hacia el camastro tras correr la cortina que lo cubría y tendió su cuerpo sobre las mantas de piel, colocándose él sobre ella. Mientras retiraba sus propias prendas, la mujer volvió a oír aquellas voces. De puro instinto dirigió su mirada hacia la puerta, por si alguien había entrado sin permiso. De no ser por la situación, hubiese gruñido de rabia al comprobar que volvía a estar todo en su cabeza.
Los besos continuaron incansables incluso minutos después, así como las manos de Magnus se atrevieron a cruzar cada centímetro de la piel de la mujer. El calor fue creciendo poco a poco en el interior de la chica a pesar de todo, más aún cuando sintió las manos del hombre al rededor de sus senos mientras la boca del mismo mordisqueaba sin parar su cuello. Desearía haber jadeado, incluso gemido, pero estaba desconcentrada. Las voces no desaparecían e incluso juraría que se estaban intensificando. Sonaban cada vez más alto y era evidente que sólo ella las estaba oyendo. El graznar de los cuervos llegó a sus oídos incluso cuando era imposible que hubiese alguno en el interior de la casa. Sus patas arañando el techo, sus picos chocando contra la madera... ¿Por qué iban cada vez a más? Magnus comenzó a deleitarse con sus pechos y a abrirse paso entre sus piernas... y no pudo soportarlo más.
Con un giro habilidoso, Seren se colocó sobre el hombre, ocupando ella la posición superior. Para evitar que tuviese unas ideas equivocadas, agarró sus muñecas e intentó sostenerlas sobre las pieles. Él la miró sin comprender, confuso por aquel momento tan cortante que estaba ejerciendo sobre él. —Si quieres hijos yo te los daré —susurró con suavidad. —Pero antes tienes que ayudarme —añadió suplicante. Magnus se tomó unos segundos hasta incorporarse levemente.
—¿Ayudarte? ¿Qué te pasa?
—No lo sé aún —respondió con tanto enigma como preocupación. —Pero no es algo que puedas entender. No es algo que... puedas combatir —intentó explicar. Acabó mordiéndose un labio, incómoda, comprobando como el joven se frotaba la cara con algo de agobio. Las voces, sin lugar a dudas, se habían esfumado. —Magnus, yo no...
—Vamos a dormir —dijo por fin. Apartó a Seren con facilidad de su regazo hasta colocarla a su lado. —Descansa hoy. Mañana hablaremos con más tranquilidad —terminó por decir, haciéndose hueco entre las pieles y preparándose para cumplir con sus propias palabras. La mujer quedó a su espalda, observando su piel marcada y sabiendo que, incluso aunque rogara a los dioses, su vida nunca iba a ser normal.
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