Un nuevo día, un nuevo sol. La tenue claridad del astro se alzaba entre altas montañas de cumbres nevadas, siempre opacado por una espesa niebla que embargaba los pulmones de los recién levantados hombres y mujeres libres que salían de sus hogares para comenzar una nueva jornada de humilde y duro trabajo para llevarse algo a la boca. La brisa de aquella mañana, sin embargo, olía diferente. Harold, Jarl de Bjlna, lo sintió en los huesos en cuanto asomó su barbado y cansado rostro a la humedad matutina -Buenos días, mi Jarl- saludó un afable joven que se dirigía junto a su padre a cazar, arcos al hombro.
-Buenos días Thorki- contestó el Jarl sin mayor mueca en su rostro que el de una macilenta desesperación. Suspiró pesadamente y alzó la vista a los cielos, como hacía cada día desde hacía ya varios años -Hoy no volveré a preguntarte qué quieres de nosotros- masculló para sí.
-Qué madrugador, señor Harold- una voz joven y cantarina resonó a espaldas del Jarl. El joven, adolescente, se restregaba los ojos y se limpiaba la cara como buenamente podía
-Hola Eini- dijo el Jarl al voltearse para mirar al chico -¿Se ha levantado Seren?-
-Creo que aún no- bostezó el esclavo.
-Bien- asintió Harold -Da de comer a los caballos- ordenó, apartándose de la puerta, dejando paso al chico.
-Sí, señor- obediente, Eini salió al exterior para comenzar a realizar sus tareas. Harold, por su parte, no sentía fuerza y ánimo alguno para realizar acción alguna. Si no le fallaban los cálculos, ya hacía un año exacto en el que se había encontrado con aquel demonio lejos de Bjlna y había acordado el enlace de su hija con el vástago de aquel hombre. Un año exacto, justo lo que prometieron, justo como se acostumbraba. El hombre reflexionaba preocupado sobre la posibilidad de que el aire estuviese tan cargado y pesado debido a eso, a que se estuvieran aproximando. Se preguntaba si era precisamente por eso por lo que el aire le olía a campo de batalla, sangre y muerte.
-Padre- el hombre se vio sorprendido por la repentina voz de su hija, Seren, a la que no esperaba debido a que Eini señaló que no parecía estar aún despierta.
-Ah, Seren- sonrió torpemente el hombre -Me has asustado-
-Entonces estás perdiendo facultades- comentó la chica con una sonrisilla cansada y adormecida -El gran Jarl dejándose sorprender por una chica joven que vive en su propia casa-
-Supongo que tienes razón- se mesó la barba poblada -Me hago viejo, hija-
-Ya quisieran muchos llegar a viejo con tu salud- Harold bufó ante aquel comentario -¿Y Eini?-
-Dando de comer a los caballos. Ahora traerá leche- contestó su padre.
-Puedo ocuparme yo- se encogió de hombros la chica.
-Como gustes. El cubo está ahí- señaló con la cabeza a una esquina cerca de la puerta -Pretendía que fuesemos a pescar algo juntos-
-Si lo hago rápido, podré hacerlo. También podrías echar una mano- comentó ladeando la cabeza.
-Sí... Podría- sonrió con sorna -Pero me temo que hoy los dioses no están conmigo para semejantes labores-
-Dioses, siempre tan oportunos- comentó sarcástica la chica, robando una sonrisa sincera a su padre -Volveré enseguida- Harold asintió ante tal comentario y la observó pasar frente a él con detenimiento, recorriéndola con la mirada y sintiendo cómo le embargaba una enorme inseguridad.
-Oye, Seren...-
-¿Sí?- la chica giró la cabeza mientras intentaba abrir la puerta, pero ésta fue más rápida y le azotó tan fuerte en la cara al abrirse de golpe que la arrojó contra el suelo.
-¡Seren!- Harold se levantó veloz para ayudar a su hija a ponerse en pie y recuperar la compostura. Al mirar al umbral, ahí estaba Eini, respirando agitadamente -¿¡Qué demonios crees que haces, chico!?- gruñó furioso el Jarl.
-¡S-señor!- respiró entrecortado -¡Problemas! ¡Hay problemas!- Harold ignoró brevemente las palabras de Eini mientras ayudaba a su hija. Seren se recompuso rápido, pues afortunadamente su padre la había formado lo suficiente como para ser más que una simple ama de casa.
-¿Qué pasa Eini?- preguntó la chica acariciándose la cara. Aún sentía la mejilla entumecida.
-Thorlund y su hijo Thorki acaban de volver a toda prisa. Thorki está herido- explicó con voz rota -Dicen... dicen que dos monstruos se acercan-
-¿Monstruos? ¿Qué tonterías dices?- bufó Seren mientras recogía el cubo -Aparta, anda. Voy a por leche- Harold agarró el brazo de su hija de forma repentina y con más fuerza de la que debería.
-No- inquirió el Jarl -Quédate aquí-
-Pero padre...-
-He dicho que te quedes aquí. No creo que sean dos monstruos los que vienen. No, al menos, en el sentido estricto de la palabra- Eini y Seren se miraron el uno al otro -Tú también, chico. Quédate aquí. Pronto el pueblo se quedará vacío-
Dicho y hecho, en cuestión de unos largos minutos, el jaleo jovial de un pueblo al despertar comenzó a volverse silencioso y siniestro. Desde el interior de la casa solo se oían agitados pasos, voces alteradas y puertas cerrándose. Finalmente, silencio solo quebrado por el fuego del hogar, que crepitaba y brillaba reflejado en los ojos del Jarl, que no ofrecía mayor explicación a su hija o al esclavo, que esperaban algo inquietos a obtener respuestas a lo que pasaba -Eh... Se oye algo-
-Shhh- ordenó el Jarl a Eini -Silencio, chico- pero no se equivocaba. Unas pisadas pesadas, seguramente de caballo, se oían al otro lado de la puerta. A juzgar por el chirrido ronco y el traqueteo, tiraban de un carro o algo similar. Apenas un minuto después, el silencio se quebró del todo.
-¡Jarl Harold El Gris!- vociferó una voz cruel y cavernosa -¡Da la cara!- Harold, al que llamaban el Gris por las canas de su barba, se puso en pie.
-¿Padre?- Seren se puso en pie por igual, pero éste la detuvo con la mirada. No eran los ojos de un guerrero los que la miraron, sino los de un padre preocupado y asustado. Entonces, como si una tormenta empezara en la mente de la chica, lo recordó ¿Ya había pasado un año? ¿De verdad eran ellos? La respuesta la obtuvo rápido, en cuanto su padre abrió la puerta y se dejó ver en el umbral. Desde ahí podía ver, en el centro de la plaza, a los dos individuos recién llegados envueltos en pavorosas capas de piel de lobo. La cabeza de estos animales les servía de capucha contra la niebla y el frío, además de dotarles de un aspecto digno de temer.
-Ruf- saludó el Jarl -Puntual, como cabría esperar-
-El tiempo es enemigo de quienes no comulgan con Idunna- carraspeó el mayor de los dos berserker.
-Pasad- pidió hospitalario el Jarl, dejando paso apartándose del umbral. Poco después, ambos individuos pasaron al interior y la puerta se cerró tras ellos de mano de Harold.
Ante la visión de semejantes monstruos, Eini sintió enormes deseos de esconderse. Seren, por su parte, se mantuvo fría y estoica, sin mostrar temor o debilidad ante esos fieros guerreros que, si era verdad lo que se contaba de ellos, podrían diezmar el pueblo sin más ayuda que las armas que llevaban encima -Poneos cómodos- ofreció el Jarl -Estáis en casa-
-Bien- Ruf y su acompañante, más joven, se despojaron de las pieles y tomaron asiento. Era llamativo que no llevaran nada puesto de cintura para arriba, pues aquellas pieles parecían ser su único atuendo. El cuerpo de ambos estaba lleno de tatuajes y pinturas de guerra, así como runas que eran facilmente identificables con Helheim y un funesto culto a la muerte y la guerra. Ruf era ya anciano dentro de la esperanza de vida de los hombres libres, y más aún para un berserker. Su cuerpo, además, lo delataba: arrugas se mezclaban con cicatrices y tatuajes. La musculatura de antaño ya no estaba tan acentuada y endurecida como seguramente lo estuvo en su día, pero sí era cierto que a diferencia de Harold y otros hombres de la aldea, carecía de la característica barriga hinchada nacida de la mezcla de cerveza y festines de carne grasienta. El acompañante, el muchacho, era otro cantar. Seren había visto guerreros de todas clases desde que era niña, pues raro era el hombre que no se dedicaba al pillaje para proveer a los suyos cuando llegaban los inviernos y las vacas flacas. Ese joven no era el más alto, ni el más ancho, ni el más cincelado como una tablilla rúnica, pero solo Odín, que siempre la acompañaba, podía adivinar cuánto miedo inspiraba ese hombre pese a la apariencia tranquila que la chica mostraba frente a ellos. En un rápido vistazo, le bastó para determinar que no era tanto su aspecto físico, que también, como su mirada fiera y siniestra, lo que despertaba semejante pavor. Además, pese a lo joven que era, tenía más cicatrices que su padre. Para ser un par de berserker, eso decía muchísimo del joven guerrero -¿Ella es la chica?- preguntó Ruf, dirigiendo todas las miradas hacia ella. Los ojos de la joven se cruzaron con el del joven acompañante de Ruf.
-Sí, es Seren, mi hija-
-Pues en marcha, niña- declaró Ruf, poniéndose en pie de nuevo.
-Espera, espera- Harold se puso en pie por igual -¿Ya está? ¿Sin más?-
-¿Qué esperas?- gruñó el mayor de los berserker -¿Quieres que estrechemos las manos? Te hemos traido pieles como regalo. Un par de osos adultos cazados por Magnus, mi hijo- le señaló con la mano -Te servirán bien en invierno y en batalla. Ahora, nos vamos-
-Casi parece un secuestro, Ruf-
-¿Tienes algo que objetar?- el berserker dio un paso hacia el Jarl, midiendo la tenacidad de su mirada.
-Estás en nuestra casa- se aventuró a decir la chica, arrepintiéndose al instante, pero a lo hecho, pecho -Nos debes... respeto- Ruf comenzó a sonreír lentamente, mostrando sus dientes con amplitud. No era una sonrisa amable, pero sí divertida. Harold suspiró de alivio al ver que no había intenciones homicidas, de momento.
-¿Cómo lo has hecho para criar a una hija que tenga más agallas que el resto de los habitantes de tu pueblo, Harold?- Ruf miró a su hijo -¿Qué te parece, Magnus?-
-Suficiente- alegó el joven.
-¿Cómo que suficiente?- cuestionó el Jarl.
-Mientras pueda darme hijos, me da igual todo lo demás- informó Magnus -Me da igual su aspecto, su cabello, su actitud, su cuerpo- enumeró -Mi clan necesita descendencia-
-Por tanto, es suficiente- concluyó Ruf.
-Os pediría más respeto- gruñó Harold perdiendo la paciencia -Mi hija no es mercancía, no es una esclava a la que se la pueda mirar como un saco de carne que...-
-Padre, está bien- asintió Seren -No me ofenden sus palabras- el Jarl gruñó.
-¿Es todo, entonces?- se abrió de brazos Ruf, espectante -Podemos ponernos en marcha de ser así. El viaje hasta Grimrun es largo y complicado para estos viejos huesos-
-No, no está bien- bufó -Como Jarl de Bjlna, exijo además saber qué ha pasado en las cercanías del pueblo- Ruf lo miró con interés -Dos hombres, un padre y su hijo, Thorlund y Thorki ¿Qué ha pasado?-
-Me confundieron con algún monstruo de los bosques- se atrevió a decir Magnus, misterioso y sosegado -Y les demostré que lo soy- su indiferencia era escalofriante.
-No había razón para herir a Thorki-
-¿Y?- Magnus alzó ligeramente la cabeza con altivez. Harold supo en ese preciso momento que decir algo más sobre el tema sería jugarse al azar el tirar por tierra el acuerdo de matrimonio que contrajo con Ruf sobre Seren y Magnus.
-No seas blando, Harold. Todos saben a lo que se atienen. Incluso tú- sonrió Ruf -Ningún berserker permitiría que alguien le apunte con una flecha y se vaya de rositas. Nosotros somos la guerra. Y afortunadamente para ti, eres parte del clan a partir de hoy. Cuentas con nuestra protección y amistad- Ruf ofreció su mano y Harold lo miró largamente en silencio.
-¿No hay... más que hablar?-
-Nunca hubo nada más que hablar- asintió Ruf -La chica se viene con nosotros ahora mismo. Despedíos y que coja lo que tenga que coger. Se casará en Grimrun según nuestros ritos-
-¿Volveré a verla?-
-Claro- asintió Ruf con su sonrisa terrorífica -Puedes venir siempre que quieras a la aldea. Como he dicho, eres parte del clan al casar a tu hija con mi hijo-
-Como Jarl, será difícil...- Harold miró a su hija con lástima -Dejar el pueblo...- masculló.
-Ella podrá venir cuando guste- apuntó Magnus, para sorpresa de todos, hasta de su padre -No tendrá prohibido el salir de Grimrun-
-Como ves, Harold, mi hijo también es un poco blando a veces. Eso os beneficia- Seren miraba a Magnus mientras este la miraba a ella ¿De verdad iba a ser tan fácil? ¿Tener una vida normal, ser una chica normal... solo era darle hijos a ese hombre... y se acabó?
-Entonces... supongo que es hora- asintió Harold -Seren... disculpa que todo sea tan repentino, hija- Seren negó con la cabeza, restando importancia -Empaca tus enseres- pidió su padre.
-Lo necesario, nada más- exigió Ruf -Vas a Grimrun, no a la casa del rey- Seren asintió.
-Decide bien. Te esperaremos- apuntó Magnus. Era extraño, ciertamente. Ese joven tenía un aire muy distinto a su padre. Sí, sobre el asunto de Thorki y Thorlund se había mostrado vehemente y arrogante por un instante, pero aquello no era más que orgullo guerrero. A la hora de dirigirse a ellos, en general, parecía más sosegado y menos impetuoso que Ruf, que se comportaba más como un simple pirata asaltante que como un supuesto guerrero místico como eran los berserker. A decir verdad, el notable silencio de Magnus en contraposición a su padre denotaba cierta inquietud por parte del muchacho, también. Seren podía notar que había algo más que simple indiferencia por parte del joven, algo que parecía querer ocultar.
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